Todos quieren ser famosos…

Arte en el siglo XXI

Parte 3

En la era de la digitalización y el share, ser visible es el valor más importante para la creación y acumulación de capital cultural. Acabar con la distinción entre vida privada y pública (“trabajo-tiempo”) basa en un perfomance el avatar de nosotros mismos.

No hay personas, sujetos, otros, sino personajes, avatares o fragmentos de escritura-imagen-tiempo-de-recepción-instantánea reducidos a actos performativos específicos. Sólo lo que el otro puede observar de ti deviene en quién eres. Si el panóptico (también digital) no te ha detectado, no puede insertarte en un mercado de consumo expandido. Lo virtual es real y tiene efectos en nuestra vida. El arte, por supuesto, no escapar de este panóptico.

Hoy, la técnica no es necesaria. Con un gran número de individuos como seguidores es suficiente. Con la legitimidad necesaria, cualquier cosa puede ser arte. El aspecto técnico (aunque relevante) poco importa. El contenido es el núcleo. Éste depende de la posición que ocupas dentro de las mismas jerarquías internas.

Ser visible es existir en el siglo XXI. Querer ser youtuber tiene lógica. No es sólo la posibilidad de vivir bien con ello, es también un estatus reciente dentro de la jerarquía social contemporánea. Ser famoso implica tener reconocimiento. Y lo queramos o no, todos lo buscamos, nos vuelve humanos. Una sensibilidad del otro para nos(otros). Esto no es el problema. El problema es que los supuestos valores inculcado como “buenos” tienden a ser inoperantes. Importa cuánto y quién eres respecto a otros, no respecto a ti mismo.

El arte, por lo mismo, dejó su valor sociocultural y técnico hacia un valor monetario, comercial. El “valor” del artista se reintegra a la jerarquía social contemporánea. Hirst, por su (auto) posicionamiento y red de relaciones, lo sustentan. Es “un gran artista”: la farsa (acto cómico) del arte contemporáneo.

Las redes sociales, la interrelación de curadores, críticos y medios que lo posicionan como un producto que adquiere valor económico, se valoriza como arte y se fetichiza a través de la encumbración del autor que adquiere “plusvalor” en su propio mercado. Warhol no se equivocó cuando, con ironía y placer, entendió que los negocios eran lo que volvían a las obras, (en tanto producciones) obras de arte.

La visión económica y sociológica artística deshizo sus mitos, pero acabó por extender el radio de acción de los agentes que sustentan su poder. Y quien asigna el “valor de uso” (valor estético) del arte es la ideología del “primer mundo” occidental. El “valor artístico” (uso) posibilita un valor económico-social (cambio), pero totalitariza (fetichiza) ese valor de cambio. Si las obras no estuvieran en un rango institucional visible, no podrían jugar en el mercado.

Lo institucional no es, únicamente, las galerías, los museos, las editoriales, etc. Los espacios alternativos tienen que imitar modelos impuestos por instituciones culturales “primarias” ante el sistema que nos rodea. Todos quieren ser famosos, porque resulta en la sujeción y ejercico de la libertad en la actuación del mundo hipercapitalista. Ser famoso (ilusoriamente) es haberse realizado en el mundo, el mundo sociocultural (occidental) al que pertenecemos.

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