Todos quieren ser famosos…

Arte en el siglo XXI

Parte 2

Este texto no es tinta ni papel, son estímulos eléctricos que excitan mis sentidos en signos que interpreto. Lo mismo sucede con una amplia mayoría de experiencias del entretenimiento y el arte. Los marcos se han disuelto.

Nuestras capacidades técnicas vueltas al diseño, desubican la formación del concepto artístico propuesto por el siglo XVIII y llevado hasta sus últimas consecuencias por la vanguardia. La estética está al servicio del capital. Como propone Lipovestsky, vivimos un mundo hiperestetizado. A donde volteemos hay algo que ver o escuchar.

El nuevo material es abstracto, el código de programación de la escritura digital que suplanta las cualidades del tacto, el olfato y el gusto en una ilusión a la vista del sonido. Que estemos en esta página viendo imágenes, videos, interpretando información sobre el arte, oculta que hay un lenguaje activo que tiene modificaciones sensoriales fácticas sobre lo que experimentamos.

Si hackeara la página y modificara su script, cambiaría. La manipulación, abierta por el coding, permite un programación de formas no vistas o imaginadas. Abres Instagram, Snapchat. Tomas una foto. Eres una serie de ceros-unos; filtras la imagen; te modificas hasta estar de acuerdo con lo que crees ver. O el autotune altera libremente la voz hasta volverla un instrumento digital en sí mismo.

Ni hablar del desarrollo de la electrónica en un medio virtual como Soundcloud: la instrumentación queda fuera de una acústica “natural”. El Photoshop o Lightroom rompen la brecha entre lo digital y lo real. El arte es manipulación y reescritura. Puedes volverte un emoji o un meme desprendiendo una parte de tu persona, modificándote desde el código. Eres autodiseñable, virtualmente. No sólo esto, los canales de comunicación que supusieron una revolución como la radio, la televisión o el libro se integraran a internet.

Éste es el nuevo medio, mensaje, y lo más importante, mercado. La casi absoluta mayoría de los artistas actuales tienen un canal, una serie de redes sociales, a veces una página web propia. A través de estos servicios se comercializa y comparte la vida con los otros. Como explica Byung Chul Han, la distinción tiempo trabajo-vida se rompe; grupos de consumidores (fans) conocen, con-viven, con el productor. Ya no se vende un producto: el performance social, la interacción, “brandean” el nombre del artista. Lo vuelven marca y lo que haga adquiere un formato audiovisual-textual que se comercializa como parte de la marca-nombre.

La autoexplotación convertirte al artista en un productor irrestricto que puede poner en el mercado lo que guste, siempre y cuando, haya consumidores desde la comodidad de sus pantallas. Pasan a segundo plano los medios “físicos” de distribución. El negocio está en la colocación y visibilidad dentro del maremágnum de propuestas en un mercado saturado. La semiosis contemporánea es reinterpretación de contextos, desplazamientos donde cada espectador configura su interpretación desde su yo-mundo para luego compartir-se (sharing) en el mundo 2.0. Vemos reproducciones confundiéndolas con experiencias personales in situ. Vivimos en un mundo cinemático donde no importa si lo que vemos son espectros o realidades.

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