Todos quieren ser famosos…

Arte en el siglo XXI

Parte 1

El arte no necesita del museos para su legitimación. En nuestro tiempo, donde la distinción entre alta y cultura popular se ha desdibujado. Internet es la galería más grande de nuestra historia y el lugar donde podemos ser espectadores o actores; trendsetters, influencers o consumidores inconscientes.

Si Lyotard hablaba de la posmodernidad como “liberación de los signos de sus referentes” en un collage interminable, la primera década del siglo XXI se encuentra ante su propio límite. ¿Qué significa hacer arte en el siglo XXI? Primero, la omnipresencia de lo digital. Vivimos una realidad virtual sustentada en la tecnología que nos rodea: televisión, celular, laptops, tablets. Ya pocas cosas tienen esa cualidad “concreta” que las caracterizaba. No agarramos un DVD y lo ponemos en su reproductor. Entramos a BLIM o Netflix y seleccionamos una película a la carta. Entramos a páginas llenas de piratería y vemos lo que se nos antoje. No ponemos un CD, o un acetato. Entramos a Spotify, Youtube o Soundcloud, seleccionamos la música que deseamos; permitimos que el algoritmo de cada servicio nos vaya llevando por nueva música. Hablamos por Whatsapp o Messenger, desde el boom del chat como primera rede social, hasta Hi5, Fotoblog y el revolucionario Myspace.

No me parece extraño que el arte conceptual se haya banalizado. En un mundo como el nuestro, el concepto pesa más que su manifestación. Ir a una instalación, ver una retrospectiva que se despliega como un archivo textual frente a la mirada, nos aburre. ¿Quién quiere leer en un museo, si la mirada siempre está leyendo?, y además, cosas sesudas… Una instalación ya no es un escándalo. Su propuesta vanguardista, desde finales de los ochenta, es tan “vieja” como el urinario de Duchamp.

Ahora la semiosis ininterrumpida nos embebe a través de la pantalla personal. Hay una sobreestimulación estética en nuestro espacio proporcionada por la interconexión y flujo de información vía wi-fi. No se necesita de un lugar in situ para contemplar o reflexionar sobre un objeto, estético, incluso el objeto pierde su posibilidad háptica (tacto) y el único sostén de lo “real” son sus imágenes, auditivas o visuales.

Este texto no es tinta ni papel, son estímulos eléctricos que excitan mi retina y pronuncio mentalmente. Lo mismo sucede con las imágenes y la música. A donde volteé hay algo que ver o escuchar. En Nueva York –“centro” de la vanguardia posmoderna y contemporánea– las galerías independientes ya no necesitan presentar objetos. Bastan pantallas donde se muestra la obra y una o dos modificaciones a la arquitectura del entorno.

This is America, Donald Glover, Apeshit, The Carters son obras visuales que legitiman millones como arte, su hermenéutica resulta bastante relevante para sus contextos. El arte del siglo XXI crece en el mundo digital y su único límite es la pantalla, está afuera de los museos y regresa a ellos para exigir el aura que nunca perdió, contrario a lo que pensó Benjamín. Esto es sólo el inicio.

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