Viaje al fin de la noche

“Es que aún no conocía a los hombres.
No volveré a creer nunca lo que dicen,
lo que piensa.
De los hombres y de ellos solos, es de quien
hay que tener miedo, siempre.”

-Louis Ferdinand Céline

Ferdinand Céline

En el apartamento, Céline, niño, veía la miseria desde una puerta como un puerto imaginario hacia el Siena. Un gato negro cruza la escalera. El marido madrea a la esposa.

Su abuela arisca le enseñó a regentar historias: entrecruzamiento de hilos que llevan a ninguna parte, que no nos pertenecen como el destino, desviado, a una escuela privada de la burguesía donde admiró el goce insensible y el amor al tedio.

Estalló la gran guerra, brotó la locura, su boca salivó por llamar a la muerte regalándole una sonrisa.

Céline cabalgó en el ejército nihilista, lado a lado, de la facción fascista antisemita. Fue su ideólogo.

Escribió burlándose del mundo. Escribió según la tendencia, el dinero, la fama. Esto era lo importante.

Tomó venganza a favor de la carnicería humana, juntó su miseria. Médico de profesión, casi muere de hambre por ejercer el oficio. Ironías de la vida.

La escritura lo llevó a viajar al borde de la noche, en un siglo antilustrado: siglo XX.

El rugido rabiosos de una personalidad desbordante lo armó como el terrorista de la palabra contra el cosmos de su tiempo. Arrojó a la civilización a la mierda. Hizo estallar novelas con el recuento de los daños. En la reescritura del Apocalipsis, no se instalaría el reino de los cielos.

Su muerte fue un desafío contra la grandilocuencia de héroes y glorias: solo, en un habitación, entre libros, sin dejar de escribir, como todos los días, enfrenta el texto una y otra vez, una y otra vez, borrando como escupiendo, buscando pulir la forma perfecta: un instante, el anumia. Cagó su cerebro. Un cadáver sobre la alfombra arabiga en la pequeña habitación, otra vez en el regazo de la madre, y chillan los requiems del verano en el aviario repleto de luz crepuscular.

El resto es leyenda. Su tumba, un pequeño cementerio cualquiera enclavado en un suburbio cualquiera. Lejos, nadie degusta los placeres de la gloria. He ahí el destino humano por él escrito: Nada.

Morir en el olvido es morir en la sima. El triunfo, la desesperación de ser nosotros mismos.

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