Por culpa del líquido amniótico

Líquido amniotico
Img – Armando Babani

Un poco de desorden, de vez en cuando, hace milagros.
Fabio Morábito

Desperté sumergido en aguas tibias, más bien tirando a frías.

Lo que más me costó fue intentar taparme con la frazada, pues por efecto del líquido, tendía a elevarse a la superficie. Si es que esto era posible, claro. Pues desde donde me encontraba, distante algunos centímetros de la cama, no podía verse tal cosa, la superficie, digo. Vale decir: la casa era casi una pecera, o uno de esos estanques de zoológico, como prefieran. Nadé hasta la ventana, más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa, y corrí las cortinas para que entrara un poco de luz.

Afortunadamente, estaba amaneciendo y los rayos de sol iluminaron el lugar casi por completo. La pecera entonces, tomó un color rojizo ambarino, que por supuesto, me recordó los primeros días de la existencia, mientras buceaba en el líquido amniótico con total libertad, con sublime desenvoltura. Lo que de inmediato me transmitió una sensación de paz absoluta y constante, de sustentación hidráulica y espiritual, si cabe.

También pensé en abrir las ventanas para que entrara un poco de aire, pero temí que la pecera se vaciara y que el líquido amniótico se vertiera perdiéndose en la calle, yendo a parar a las alcantarillas o pero aún, que lo terminaran sorbiendo los perros sin dueño y las ratas del barrio. No vaya a ser cosa que sufra de hipoplasia pulmonar, pensé, que es esa anomalía del desarrollo producida por la escasez de tal fluido. Así que me abstuve para no complicar las cosas y mejor me decidí por nadar hasta la cocina a prepararme un café.

Mientras estaba en ello, algo me golpeó en pleno rostro. Se trataba de un viejo cuaderno de notas mecido por el intenso movimiento submarino que tenía lugar a mi alrededor. Pues aunque se tratara de una gran pecera sin superficie visible, alcanzaba a percibirse un denso oleaje que resultaba suficiente para definir el desplazamiento de algunos objetos, sobre todo los más livianos, claro está. Entenderán que no es lo mismo el viejo sillón de tres cuerpos que ocupa parte del living, que la Antología del Cuento Extraño de Rodolfo Walsh que ocupa el estante central de la biblioteca, por citar algún ejemplo ilustrativo.

En fin, que cuando logré abrirlo, pude notar, no sin cierto desagrado, que todo lo allí escrito, conformaba una gran mancha oscura que tendía a desintegrarse mientras volteaba las páginas. Y recordé, claro, un cuento de Bioy Casares: “El calamar opta por su tinta”. Aunque apenas terminé de pensar en ello, es que vi pasar frente a mí un ejemplar de “El viejo y el mar” de Hemingway, en lo que me pareció una clara e inquietante yuxtaposición de personajes y caracteres. Como si toda la cuestión pudiera resumirse en uno de esos estados oníricos de los cuales, justamente, acababa de salir.

Todo ello sucedía con una lentitud y una falta de precisión bastante perturbadora, como por otro lado, suelen ser siempre los movimientos subacuáticos, me dije y me dispuse a escribir esta columna.

Me demoré un poco más de lo acostumbrado por culpa del líquido amniótico, por supuesto. Pero no vayan Uds. a pensar, queridos lectores, que ha sucedido algo fuera de lo normal.

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