No lo puedo negar, al principio nos gusto a todos los vecinos de ésta esquina, gustosos brincábamos y nos reuníamos alrededor de esa nube gelatinosa y al mismo tiempo colorida y brillante que atravesaba de vez en cuando nuestras ventanas para revolotear por todo el departamento.

Yo, seguía sin parar esa linda estela desde la cocina al estudio y del balcón hasta mi cama, bailando a mi alrededor en divertidas formas; sorprendida como todos por el singular fenómeno al parecer inofensivo que nos visitaba de pronto al 502, luego al 605, y así para seguir hasta el 700, recorriendo sin agenda uno a uno cada rincón del edificio provocando risas y exclamaciones entre los habitantes.

Era fácil saber quien era el anfitrión, especialmente por las madrugadas.

Pasaban las noches y difícilmente conciliábamos el sueño esperando nos tocará pronto la visita de esta cosa o ser desconocido que tanto frenesí nos contagiaba.

Pero de pronto un día se comenzaron a escuchar conversaciones de los vecinos de manera inexplicable en los departamentos de otros, así como sí fueran grabaciones que como sonido ambiental se programaran en medio de la noche.

Nos escuchábamos unos a otros, y esa curiosa neblina de colores era la culpable.

Era inevitable que poco a poco se fueran mermando las relaciones entre condominos, pues quién querría saludar diariamente al respetable Maestro López López, catedrático universitario con más de 30 años de docencia después de saber de su gusto por la pornografía infantil; imposible mostrar amabilidad ante la Sra. Minerva cuando te enteras de los manejos fraudulentos de la administración del edificio desde hace años; fue también irreconocible el sobrio vecino Roberto cuando me enteré que los golpes en su rostro son producto del abuso de su propia esposa cuando siempre creí que era aficionado a las artes marciales.

Todo cambió, todo cambió, ya nadie saludaba, ya no se detenía el elevador por nadie, desaparecieron los “buenos días” y los “con permiso”, las sonrisas murieron. Sabíamos demasiado.

Entonces hace un par de días decidí que esto no podía continuar, me niego a saber más de mis vecinos y que ellos sepan de mí lo que no me atrevería a revelar a nadie.

*Ser fan de Candy Candy.
*Que personifico a Margarita la Diosa de la Cumbia como nadie.
*Que soy mujer policía cuando las circunstancias lo requieren.
*Que respiro profundo mientras duermo.
*Tengo mi propio Rincón de Paulette. (Actualmente lo tengo arrendado)

Bien, pues con en el afán de terminar con éste transtorno comunitario, con ésta psicosis social que tanto nos atormentaba, me dispuse a no permitir de nuevo el paso de esa “cosa” a mi casa y así estuve pendiente velando su llegada hasta que la noche de anoche se presentó y buscó como antes la bienvenida, pero sin titubear lancé sobre ella una frazada para atraparle y arrojarla de nuevo al vacío por donde vino, pero se movió de manera ágil y deslizándose entre los pliegues se liberó rápido, la seguí durante un rato y atrapé varias veces sin éxito pues con movimientos violentos se sacudió para quedar expuesta otra vez, hasta que para mi desconcierto se quedó inerte; fue entonces que aproveché para reclamarle éste acto de traición hacia todos los que alguna vez le habíamos recibido con agrado, a quienes le permitimos conocernos y vivir nuestros vicios, hábitos y más oscuros secretos.

Reclamé:
-¿Porqué lo hiciste?, ¿Porqué?, ¿Porqué?, ¿Cómo te atreviste?,
¡Eres una traidora, lárgate. Te odio!!!!.
De pronto….
-¡YO A TI!.
Respondió, y se echó a reír.
Luego preguntó con su voz grave y masculina.
-¿Mientras que hacemos?.
En ese momento…. desperté.

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