Por culpa del líquido amniótico II

Líquido amniótico - Apócrifa Art Magazine
Img – Jawad Jalali (EFE)

Nunca me acostumbro, nunca me voy a acostumbrar a nada.
Los que hacen eso es como si estuvieran muertos.

Ricardo Piglia

Debe ser consecuencia del sueño anterior, el del líquido amniótico, me digo para tranquilizarme. Como si este pensamiento fuera lo suficientemente racional, abro los ojos con sumo cuidado y mientras escupo algo de polvo que se me ha ido acumulando durante la noche, me demoro un poco en liberar los brazos con movimientos propios de un contorsionista o de un epiléptico. Luego, voy removiendo el resto de la capa de tierra que, cual sudario, me cubre el cuerpo.

Debo decir, para ser absolutamente sincero, que la manta terrosa resultó mucho más abrigada de lo que pensé y en ningún momento del sueño lamenté no tener mi cobertor verde de plumas a mano. Como suele pasarme a veces, cuando no duermo en casa.

Por otro lado, pasar toda la noche en la misma postura logró entumecerme bastante los músculos, es verdad. Pero lo bueno del asunto es que sirvió para neutralizar las usuales contracciones y movimientos involuntarios de los que soy víctima con suma frecuencia. También es destacable el notorio efecto de insonorización producto de las nuevas circunstancias. Lo juzgué como un buen presagio y me dije que, de mantenerse tales condiciones y llegado el caso, no me costaría demasiado trabajo adaptarme.

Ahora bien, mientras me sacudía el pijama, intenté ponerme de pie y me golpeé la cabeza a escasos cincuenta centímetros de la cama. Recién en ese momento tuve verdadera noción de lo que sucedía: apenas un pequeño pasadizo subterráneo llegaba desde la cocina y terminaba en la pared húmeda detrás de mi cama. Imagino que desde un punto espacial correcto y con la visión de Raxos X al estilo de Superman, la casa bien podría asemejarse a un terrario.

Y como acababa de leer en Wikipedia que el único requisito para que un terrario sea considerado como tal es que al menos una de sus caras sea transparente para facilitar la visión del interior, me arrastré hasta la sala para correr las cortinas y abrir un poco las ventanas. No sea cosa de arruinarle la visión a Superman, me dije, si es que se le antojaba darse una vuelta por el barrio. Cosa poco probable, ya que si en verdad se le ocurría pasarse, seguro fijaría su atención en los vendedores de droga que se paran en la vereda del colegio o en los indigentes que cada tanto se mueren de frío allá en la esquina, pensé después, mientras soplaba la jarra donde hervía un agua marrón y espesa.

Inesperadamente, el café me provocó un reflujo intenso que no terminó de remitir hasta que acabé de escribir esta columna y me dije: debe ser consecuencia del sueño anterior, el del líquido amniótico. Quién sabe.

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