El asesino solapado

El asesino solapado
Img – Erwin Niemand

Hasta la maldición está envenenada de arcoíris.
Leonard Cohen

No es que no lo intentamos, es que no se pudo. Él también lo sabe, con esa especie de certeza felina tan inquietante, tan oscura y sobrenatural.

Por eso nos mira así: girando la cabeza mientras su cuerpo permanece agazapado, mientras nos deja una última imagen sombría. Sus ojos verdes nos parecen llorosos, su expresión nos resulta tristemente aterradora, casi no nos movemos, otro clic de la cámara podría resultar fatal. Aunque lo más probable que se trate simplemente de nuestra incredulidad, de nuestras reticencias a aceptar esta realidad monstruosa que nos pega en la cara como hace el viento. Y es que la noche está fría y húmeda, y la luna ilumina apenas. Un poco más allá, la jaula abierta como una grieta a la que nadie ha de volver a cerrar. Detrás nuestro, el auto en marcha. Sabemos que debemos irnos lo antes posible. Ya deberíamos estar en la ruta, camino a casa. Pero algo nos impide correr sin mirar atrás, tal cual lo habíamos planeado. Y es que resulta que amamos a ese animal. Lo quisimos apenas nuestro amigo Beto lo trajo a nuestra casa, huérfana de niños o mascotas, una noche de verano que aprovechábamos la frescura de la terraza con música de Leonard Cohen y una botella de ron que parecía evaporarse antes que los hielos.

Y claro, antes de saber que se trataba de un Felis Nigripes o gato patinegro, como suelen llamarlo. Al principio resultó tierno y juguetón, no vamos a negarlo. Pero conforme iba creciendo y nos dimos cuenta de que no éramos capaces de cubrir sus necesidades alimentarias, empezamos a sospechar un poco, también es cierto.

Luego, otra de esas noches de terraza y ron, se lo mencionamos a Beto, entre copas y estrofas de Cohen. Se puso tenso, tosiendo y gesticulando con bastante aspaviento. Dijo que ya no podía ocultarlo más, que necesitaba confesarnos algo: la criatura de ojos verdes y pelaje cruzado por líneas negras que intentábamos domesticar, era un ejemplar de cierta exótica especie africana, conocida como el felino más letal del universo.

Así pues, entendimos el cese abrupto del sonido de los pájaros al despertar, la extraña desaparición de las restantes mascotas del barrio, la increíble ausencia de los grillos noctámbulos que solíamos disfrutar desde la terraza y ni hablar de algunas desgracias relacionadas con los pequeños vecinos traviesos que acostumbraban colarse a nuestro patio –cosa que no quisimos indagar demasiado, por si acaso–.

La idea de que sea un pequeño asesino no coincide con nuestros estrictos patrones de núcleo familiar. Él también lo sabe, con esa especie de certeza felina tan inquietante, tan oscura y sobrenatural.

Por eso nos mira así, queridos lectores.

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