El saber repetir

El saber repetir - Apócrifa Art Magazine
Img – Alex Plavevski (EFE)

Para que el mundo sea soportable, es necesario exorcizar las obsesiones,
pero la escritura puede, tanto esconderlas como desvelarlas.

Marguerite Duras

La mujer de chaqueta rosada cruza el umbral de la Academia Internacional de Escritores. Por poco y tropieza con doña Cecilia, que avanza hacia el maestro, entrecerrando los ojos. En las líneas de su rostro, compungido al extremo, puede leerse una cuota considerable de desamparo, huellas profundas de una carencia incognoscible, hierática.
–Entonces, maestro ¿eso es todo?
–Exacto, doña Cecilia.
–¿Después de esto ya podré escribir mis propias historias, podré tocar los corazones del mundo?¿Seré una escritora famosa y la gente me amará y admirará y me llenará de elogios?
–Por supuesto, doña Cecilia, ya le dije. Mire sobre mi hombro: ahí la tiene a la joven Florencia. Cuando llegó era una de esas muchachas tan tímidas que dan pena, sin ninguna meta definida, sin la menor claridad estilística, atiborrada de miedos y manías incomprensibles, una vida retraída y separada de la sociedad. Obsérvela ahora, escribiendo sin parar su próxima obra, que la llevará al éxito asegurado, sin duda.

La joven Florencia, al sentir su nombre en boca del maestro, levanta la vista por una fracción de segundo e inmediatamente, la hace descender a sus piernas, sin dejar de fingir un arranque de inspiración, provocador de una escritura límpida, fluida.

Aprovechando que la atención del maestro está puesta sobre la mujer, copia y plagia deliberadamente una frase del célebre poeta y ensayista inglés, Samuel Johnson. Escribe, entonces: “El conocimiento puede ser de dos especies: o bien conocemos un tema nosotros mismos, o bien sabemos donde encontrar información sobre él”, poniéndolo en boca de uno de los personajes de su propia obra. La cual, podemos suponer, debe estar repleta de sustracciones de igual índole. Es decir, una suerte de compendio articulado de célebres repeticiones basadas en otras repeticiones muy anteriores. En ese mismo momento, el maestro, sin dejar de presionar el aparato en la frente de doña Cecilia, que espera de pie con los tributos ofrecidos en la mano, dice lo siguiente:
–Y recuerde doña Cecilia, Machado escribió que las cosas más originales son las que todo el mundo sabe, sin saber que las sabe. Unamuno decía: “Machado y yo tenemos, a falta de otros, un mérito excelso: el saber repetir. Pero repetir de modo que parezca ser la primera vez”. *

El telón cae pesadamente, las palabras del maestro se desdibujan en la calígine del crepúsculo. Se oyen las correrías de unos niños mezclándose con las exclamaciones del público, los altavoces anuncian lo evidente.

Fin del primer acto.

*Aquí el maestro está citando un fragmento del texto “La agonía sonora”, del libro “Las palabras y los días” de Abelardo Castillo. Que, a su vez, está citando al autor de “Niebla” y “Del sentimiento trágico de la vida”.

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