Crítica: El diablo entre las piernas

Vejez, rencor y salvación.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” vierte aquel dicho popular para referir la astucia que se acumula con los años. Pero en el más reciente largometraje del director mexicano Arturo Ripstein, El diablo entre las piernas (2020); el director retuerce esta tesis y ensaya sobre los rencores y dependencias que se acumulan junto con las canas y las arrugas.

En el universo fílmico de Ripstein, siempre encontraremos historias y personajes en situaciones críticas, seres relegados a los márgenes, territorios salvajes y hostiles, que engendran y sacan lo peor del ser humano. Sus películas funcionan como catalizador para mostrarnos aquello que como sociedad nos negamos a ver: la discriminación, el clasismo, el machismo y la violencia.

Con un guion de Paz Alicia Garciadiego, El diablo entre las piernas nos cuenta la historia de Beatriz (Sylvia Pasquel), una mujer madura que sufre humillaciones y maltratos por parte de su esposo (Alejandro Suárez), un hombre maduro que sostiene una relación extramarital con otra mujer (Patricia Reyes Spíndola). Los celos y acusaciones del marido, llevan a Beatriz busca una salida en el terreno de su sexualidad, a manera de una autoprofecía.

El diablo entre las piernas - Apócrifa Art Magazine

Con una economía de personajes y escenarios, reunidos bajo una bella estética en blanco y negro, Ripstein nos hace observadores de un micro infierno que se desdobla entre lo sórdido y lo visceral. Lo domestico es escenario de una historia que incomoda y reta al espectador para hurgar en sus representaciones sociales sobre la vejez, el amor, el odio y la sexualidad.

En un tiempo donde los productos culturales deben pasar por el tamizaje de lo políticamente correcto para no confrontar con activismos y discursos de las resignificaciones, algunos creadores se decantan por la autocensura. En el caso de Ripstein y de Garciadiego, no rehúyen a la discusión, al contrario, parecen apostar por el valor narrativo y los vasos comunicantes que generan sin importar cuando cruda y polémica sea la temática, tal como es el caso de esta película; reivindicando el derecho a explotar y arriesgarse por una buena trama sin ser complaciente.

Sin embargo, la atmósfera de la cinta por momentos se muestra reiterativa, no solo en su propia configuración interna, si no en los ecos con la misma obra del director. De tal modo, parece que Ripstein se repite así mismo, en una espiral viciosa de sus propios aciertos y contribuciones técnicas. Si bien no es una falla por sí misma, para una cinta cercana a las tres horas, la dota de una sensación de alargamiento innecesario.

A pesar de lo anterior, la cinta cumple su cometido para traer a la mesa de análisis, conductas y fenómenos sociales tan vigentes como lo es el machismo, la violencia y las pulsiones negadas de nuestra naturaleza. Si algo está claro tras concluir la cinta, es que tenemos diablo para mucho rato más.

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