El algoritmo musical o la nada

Dandy piraña - Apócrifa Art Magazine
Dandy Piraña, cantante de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba – Foto: Marta Feiner

A veces tenemos la impresión de que todo está en la red y que nuestro banquete digital es infinito. En las plataformas musicales está el universo entero en todas sus formas y posibilidades. Adoramos nuestras playlist semanales y disfrutamos con los descubrimientos que cada semana se ofrecen en un menú musical que consideramos rico y variado. Ni necesitamos, ni tenemos tiempo para más.

Aunque somos conscientes que tras ese aparente universo musical ofrecido por los algoritmos se esconden algunas realidades no tan luminosas. Nuestro consumo musical algorítmico tiene algo de embudo tiránico, pues la plataforma, más que ejercer de filtro, actúa como pantagruélica trituradora que exige del artista una producción constante de productos de gustos medios con el único objetivo de permanecer en las playlists de novedades. A cambio de esta recompensa en forma de reproducciones, devuelve poco más que fama para que el artista busque otros espacios donde obtener ingresos. La situación de predominio es tal, que la plataforma impone las condiciones económicas del intercambio.

Si para la supervivencia del artista es una relación tóxica, para el arte es algo casi dramático, pues si por una parte, corta el ciclo de producción de disco y gira, en el que los ingresos acababan revirtiendo en la propia independencia artística, ahora producen la necesidad de que el músico tenga que diversificarse buscando trabajos alimenticios en detrimento de la profesionalización y de la búsqueda creativa, una situación que disecciona el ensayo ‘La muerte del artista’ de William Deresiewicz, publicado recientemente en castellano por la editorial Capitán Swing, que traza un agudo análisis de la situación de la cultura contemporánea enfrentada a los retos de una distribución basada en grandes plataformas mundiales de contenidos.

Como ya escribió Ted Gioia en su magnífico ensayo ‘La música. Una historia subversiva’, “en casos como este, vemos lo peligroso que resulta para el arte perder su toque subversivo y acomodarse demasiado en su papel de soporte de las instituciones gobernantes”, hablando de los Meistersinger, una especie de organización gremial alemana del siglo XVI, pero que bien podría multiplicarse por mil si entendemos a las grandes plataformas de contenidos como las grandes instituciones gobernantes de la cultura en el siglo XXI.

Fuera de ellas, la nada. O cada vez, lo menos. Van desapareciendo los prescriptores musicales capaces de sacar de la zona de confort a la audiencia descubriendo nuevas y disruptivas propuestas y también damos ya por desaparecidas las generaciones de informantes de culturas orales y por perdidos los sonidos que quedaron sin documentar ni registrar porque a lo largo del tiempo se consideraron poco dignos de ser conservados, por vulgares, poco refinados, pecaminosos o blasfemos.

Ahí radican los verdaderos retos de la cultura contemporánea. Por una parte, contribuir a la conservación y divulgación de los registros individuales de los “escuchaviejas”, fruto del esfuerzo personal y dispersos en colecciones particulares difícilmente accesibles, y por otro lado, el fomento de estructuras creativas con independencia de las grandes plataformas y de la exigencia de un consumo rápido y masivo que anula las posibilidades reales de experimentación y que provocan que los creadores se vean atrapados atrapados entre la supervivencia y el riesgo.

Dicho lo cual, en los márgenes de la carretera seguirán creciendo flores raras.

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