Como hace Inés

Como hace inés - Apócrifa Art Magazine
Img – Paulo Neo

Caer no era bueno, pero el mareo era delicioso.
Clarice Lispector

Siempre esa lenta desesperación de domingo, piensa Inés mientras el hombre con el saxofón, sentado del otro lado del vidrio, en la vereda, espera que pase esa señora para prorrumpir en un agudísimo y también fortísimo soplido, que incluso hace temblar un poco el vidrio en el que se apoya Inés.

La cabeza lánguida, la mirada levemente sombría apuntando a la cúpula de los edificios, a las antenas de internet mal emplazadas, a los balcones mugrientos y las persianas destruidas. Mientras el mozo le sonríe y le pregunta por su novio, a lo que Inés contesta que está allá, en la casa, y aprovecha para pedir un sándwich vegano y un café vegano y un agua mineral también vegana, sí es que eso es posible. Y el hombre del saxofón que sonríe al notar el estremecimiento y el terrible susto que se lleva la señora que en ese momento pasa frente a él, veterano de escenarios y fracasos. Que suelta las bolsas, que pierde un zapato y cae al suelo de rodillas, sin dejar de gritar, jadeando como un animalito mojado, un bicho herido de muerte, un ciervo indefenso víctima de la bala certera del cazador. Solo que no es fusil, ni arma de bajo calibre, es apenas saxofón viejo, empero. Y nadie puede culparlo de nada, ya se sabe.

Por qué todo sucede siempre en esa lenta desesperación de domingo, piensa Inés. Que insiste en llamar al mozo, que vuelve a sonreír y vuelve a la cocina por el nuevo pedido, con una lentitud exasperante de mozo de domingo.

El espectáculo es gratuito, pero vale una fortuna, dice el hombre. Inés parece aprobarlo, aunque siga con la mirada allá arriba y allá al fondo. El mozo levanta una silla. La tarde se muere de a poco, como el nuevo ciervo que aparece a la vista del cazador, que con paciencia, vuelve a acomodar el saxofón en los labios. La mano presta a adelantar el sombrero con los billetes siempre arrugados y siempre húmedos, la sonrisa rota por el tiempo y la miseria, los pantalones mugrientos y una mueca entre menesterosa y magnánima.

Si no se fían de mis palabras, queridos lectores, vayan ustedes a sentarse en una de las mesas de ese café y observen sin observar a ese hombre, justo como hace Inés.

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