Vivir, a pesar de todo…

¿Qué significa perderlo todo? En una cita mal atribuida a Borges: “Cada persona que pasa por nuestra vida es única al dejar un poco de sí y llevarse un poco de nosotros...”, Marie, una joven alemana privilegiada, sufre una decepción amorosa que la lleva como actriz cómica a un refugio en Fukushima.

Recuerdos desde Fukushima (2017)

¿Qué significa perderlo todo? En una cita mal atribuida a Borges: “Cada persona que pasa por nuestra vida es única al dejar un poco de sí y llevarse un poco de nosotros…”, Marie, una joven alemana privilegiada, sufre una decepción amorosa que la lleva como actriz cómica a un refugio en Fukushima. Ante la devastación y la desgarradora historia de vida de un grupo de adultos mayores, ella cree estar atrapada en su burbuja de privilegios. Satomi, la última geisha de la región, ha sufrido la perdida de todo aquello que daba sentido a su existencia. Harta del refugio, decide regresar a su hogar derruido en una zona de alto riesgo. Marie, sin quererlo, termina ayudando a Satomi en su escape, dando pie a una complicidad la cual transformará la vida de ambas.

En una narración retrospectiva, el filme reflexiona sobre la capacidad de relacionarnos con aquello ajeno a nosotros. Y lo que suele ser ajeno, tendemos a rechazarlo. Marie encuentra en Satomi una forma de salvarse a ella misma. Su propia salvación encubre un acto egoísta. Pero lo que inicia como egoísmo se transforma, al mismo tiempo, en un acto trascendental para salvar a otro. El primer impulso hacia la acción parece ser un beneficio personal: el egoísmo como prioridad. Pero en casos extremos, como el desastre humano, dejamos de vernos como centro para dimensionar a quien es diferente; darnos a quien nos necesita.

La trama muestra a dos personajes que se niegan, pero se necesitan para salir de sus abismos. Sin la fuerza de ambos personajes, ellas no podrían haber sobrevivido a la catástrofe interna. Porque más allá del hecho histórico que las une –el accidente nuclear de Fukushima – el duelo interno tiene la misma importancia y relevancia que el duelo ante la historia.

La última obra de Doris Dörrie (Hannover, 1955) muestra un domino técnico impecable. Su dirección te permite un acercamiento profundo y humano, un encuentro con la verdadera otredad, a pesar de detalles innecesarios que pasa desapercibidos. En la cámara, blanco y negro, de Hanno Lentz se proyecta un recuerdo presente, una persistencia de la memoria. Su trabajo fotográfico resulta conmovedor, al mismo tiempo que enriquece la dirección de Dörrie. Y por su parte, la música de Ulrike Haage es nostálgica a lo largo de la cinta, alternando entre dos culturas musicales: la nipona y occidental. Esto logra la cohesión entre opuestos, una geisha “demasiado elegante” y una mujer europea, “torpe como un elefante”.

A veces experimental, a veces tradicional: onírica, realista, metatextual, la película entrega una riqueza discursiva en todos sus niveles, una reflexión llena de sentimiento. De alguna forma es una historia universal, o por lo menos, una con la cual puedes relacionarte sinceramente. Lo que observas en la pantalla, puedes experimentarlo, y responde a la pregunta del inicio: perderlo todo es volverse incapaz de saber que nos necesitamos para sobrellevar la crudeza de la vida; dejarnos derrotar por aquello que arrebata el tiempo.

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