Desear los abismos

“El hilo fantasma”, escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (There Will Be Blood (2007), The Master (2012), muestra el lado obsesivo del amor. Lejos de los clichés estilo Hollywood, o la visión siempre optimista del romance, esta película proyecta nuestras dependencias interpersonales.

“El hilo fantasma” (2017)

“El hilo fantasma”, escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (There Will Be Blood (2007), The Master (2012), muestra el lado obsesivo del amor. Lejos de los clichés estilo Hollywood, o la visión siempre optimista del romance, esta película proyecta nuestras dependencias interpersonales. Reynold Woodcock (Daniel Day-Lewis), un reconocido diseñador de alta costura en Inglaterra con una incapacidad patológica para poder establecer relaciones personales, acaba convirtiendo a cada persona o musa en su carrera en un simple objeto de satisfacción a favor de su trabajo creativo, hasta que conoce a Alma (Vicky Crieps), la modelo que considera perfecta.

La cinta, en principio, no es – como creí– una biopic sobre diseñadores a la manera de “Coco antes de Chanel” (Anne Fontaine, 2009) o “Saint-Laurent” (Bertrand Bonello, 2014) sino una historia ficticia ambientada en los 50’s basada en las lecturas de la biografía de Balenciaga y en el diseñador Charles James.

La moda, la alta costura y la ilusión del glamour se vuelven pretextos para mostrar un delicado sentido estético, un buen gusto y el retrato de una época en el drama de las relaciones humanas. Un filme delicado y elegante. Un guión increíble, por la manera en que transforma cada línea en imágenes, desarrolla el diálogo en pantalla y te lleva a una fuerte relación con sus personajes.

Las actuaciones son excelentes. El papel de Day-Lewis es icónico por el desarrollo del extraño personaje con complejos edípicos, Reynold Woodcock. O Lesly Manville, que en su papel de Cyril Woodcock, es capaz de transmitir la tensión, control y domino sobre la vida de su perturbado hermano de forma virtuosa.

Cada actor, principal o de reparto, realiza de forma exacta su trabajo. No hay detalles al aire. Todo es concreto, proporcionado, sin exageraciones, incluso cuando las relaciones resultan inquietantes.

Por su parte, la música a cargo de Jonny Greenwood, es otro elemento por destacar. La combinación entre el estilo personal y el contexto musical de la época sigue y transforma, en un lenguaje musical, el planteamiento general de la trama. Oscuro, tierno, moderado e interesante rítmica y melódicamente, el soundtrack es una pieza artística en sí misma.

Además, los escenarios de Veroniqué Meleny muestran el espacio del drama con un sabor inglés, sin caer en localismos exagerados.

Y con los diseños de Mark Bridges comprendí la moda como un arte. Sus cortes para vestidos o abrigos, los materiales, las telas, junto a las modelos para portar diseños exclusivos, volvían el acto de vestir un impacto de la belleza.

Con una fotografía bien llevada, con una paleta rica en tonos fríos y enfoques sorprendentes, el desarrollo cinematográfico y la edición desmerecen. Escenas innecesarias que no aportan al espectador o te llevaban a ninguna parte, tomas extrañas que confunden, hacen de la armonía y elegancia de la película, pequeños accidentes para una gran cinta. A pesar de sus mínimos defectos, esta cinta no pierde su fuerza cinematográfica, ni la capacidad de identificarte con la complejidad de sus personajes.

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