La pintura como presencia de los muertos

A Joel Rosas (1995-2018)

“¡Pinche soledad!”
El complot mongol,

Rafael Bernal

The revolution give back Culture (1958), David Alfaro Siqueiros – Foto tomada por el autor en el Museo de Arte Moderno, Ciudad de México.

El año se ha acabado. Algunos llegamos al final, pero otros no, es decir, han muerto. Su presencia-ausente ha quedado impregnada en el recuerdo de quienes convivimos con ellos. Justamente aquí con nosotros se encuentra su inmortalidad. Sin duda han dejado dolor y tristeza. Algunas veces hemos derramado lágrimas; a veces hemos escrito; otras tantas, hemos pintado su rostro como si nos estuviésemos purgando de algo que nos lastima desde el interior; como si de nosotros dependiera protegerlos del tiempo para que no los devore sin dejar rastro. Sea como sea, no permitimos que desaparezcan del todo. ¡Gran responsabilidad!

Esto parecería ser exclusivo de las personas comunes, pero no lo es: en la historia del arte también se han plasmado aquellos sentimientos. Por ejemplo, Victor I. Stoichita en Breve historia de la sombra recoge un mito antiguo sobre una joven que pinta en la pared la sombra de su amado -que posiblemente va a la guerra- y la decora según sus gustos y recuerdos para tenerlo consigo misma, ya que es probable que no vuelva. De este modo, había nacido la pintura sin tener una diferencia tajante entre la gente común y los artistas (término acuñado hasta el siglo XV durante el Renacimiento).

La muerte de Casagemas (1901), Pablo Picasso – DIARIO ABC, S.L.

Sin embargo, a excepción de Brueghel “el Viejo”, los pintores occidentales dejaron de lado sus propias vivencias y comenzaron a representar escenas históricas, mitológicas y religiosas principalmente. Pero no fue sino hasta el siglo XIX cuando los pintores -y artistas en general- volvieron a ellas, impulsadas por los Románticos alemanes, las estampas japonesas ukiyo-e, así como por las nociones de Marx, Freud y Nietzsche. Además, comenzaron a rebelarse contra las Academias que a finales del siglo XIX sólo enseñaban el método pillet.

Al abandonar la Academia de San Fernando en Madrid, en 1898, Pablo Picasso comenzó a reunirse con los intelectuales y artistas en el café “Els Quatre Gats” en París, donde conocería a su amigo Carlos Casagemes, pero quien se suicidaría por una desilusión amorosa en 1901. Picasso, por su parte, al sumirse en una profunda tristeza, pintaría La muerte de Casagemes (1901), obra que daría paso no sólo a su importante “Época azul”, sino sobre todo a la revaloración de las vivencias propias como punto de partida para la expresión artística. Pero no fue el único: Edvard Munch, Otto Dix, René Magritte, David Alfaro Siqueiros, Fanny Rabel, Frida Kahlo, entre otros, son pintores que también participaron de estos sentimientos.

El suicidio de Dorothy Hale (1938), Frida Kahlo – Museo Frida Kahlo

Por último, este tema también se ha representado de otras formas: en la música, por ejemplo, el disco Wish you were here (1975) de Pink Floyd es una especie de elegía a Syd Barrett; por su parte, Albert Caraco escribió Post mortem (1968) para recordar a su Señora madre quien había muerto unos años atrás. En este sentido, podemos decir que el arte no sólo sirve para decorar las paredes de los museos, sino también para no olvidar a aquellos en las paredes de nuestros corazones.


Bibliografía:
Buchholz, E. L. y Zimmermann, B. Picasso. Italia: Könnemann, 2005.
Foucault, M. Marx, Freud, Nietzsche. Argentina: El cielo por asalto, S/f.
Fuentes, J. M. Historia del Arte. México: Patria, 2009.
Gombrich, E.H. La historia del arte. Madrid: Phaidon press, 2017.
Nancy, J-L. La imagen: Mímesis & Méthexis. Escritura e imagen, Volumen (2), pp. 7-22, 2006.
Safranski, R. Romanticismo: Una odisea del espíritu alemán. España: Tusquets, 2015.
Stoichita, V. I. Breve historia de la sombra. España: Alfaguara, 1999.

 

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