Ilusión de sosias

Ilusión de sosias, Marco Longari
Img – Marco Longari

Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma
y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices.

Italo Calvino

El hombre de la foto quisiera tener un doble. Un sosias robótico que ocupe su lugar en días como éstos. Observen su expresión de hastío, la triste desolación que transmiten sus ojos, la ligera curvatura de los labios, el brazo descansando sobre la ventana del transporte que carece totalmente de vidrio o protección alguna. Y que fácilmente podemos adivinar acompañado de otros pasajeros con el mismo ceño fruncido, con el mismo desánimo. No es para menos, claro. Ya que el país vive una de las peores epidemias de virus Ébola de toda su historia, con 542 casos confirmados desde agosto y unos 319 muertos, según la organización Mundial de la Salud.

Ampliemos un poco la mirada y extendamos el cuadro. La humedad y el calor son propios del infierno; la gente se amontona en las veredas; los vendedores de comestibles y baratijas alzan la voz como en una competencia frenética; los vehículos casi se rozan; los conductores se insultan y hacen sonar sus bocinas, que rugen como fieras de jungla. Es un día cualquiera en la ciudad de Kinsasa, en la República Democrática del Congo (antes llamada República del Zaire y antes de eso, República del Congo, y antes aún, Congo Belga), estado miembro de la Unión Africana y segundo país más extenso del continente, después de Argelia.

A nuestro hombre se le ha ocurrido la idea del sosias luego de observar el inmenso robot-semáforo que, entroncado en una de las intersecciones más densas de la metrópoli, se yergue como un monolito de acero. Según datos oficiales, estos cinco androides repartidos por la ciudad, miden 2,50 metros y pesan cerca de 150 kilos cada uno. Y además de señalizar, tienen la facultad de poder interactuar con peatones y conductores. Poseen, también, un juego de cámaras que graban todo en un radio de 200 metros y lo envían a los organismos públicos de control.

Pero ninguno de estos apuntes le importa un ápice a nuestro hombre, que siguiendo el velocísimo tren de la imaginación, ya se ha trasladado a una paradisíaca isla del Caribe. Bebe muy despacio de una copa cuyo néctar le refresca el alma, los intestinos y las ideas, claro. Entretanto, una bella criatura de tez blanca y ojos celestes le abanica el cuerpo con gracia infinita. Como en un profundo éxtasis, se abandona al placentero silencio. A ese agudísimo placer que le provoca mojarse la punta del dedo índice para dar vuelta la página del libro que trae entre manos.

El hombre de la foto quisiera tener un doble. Un sosias robótico que ocupe su lugar en días como éstos.

¿Acaso alguien puede culparlo?

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