El sueño de los críticos

El odio es un borracho al fondo de la taberna,
que constantemente renueva su sed con la bebida.

Charles Baudelaire

El sueño de los críticos
Img – Sumaya Hisham (Reuters)

La imagen lo dice todo. El sueño de los críticos se ha vuelto –sin más preámbulos, sin apenas proponérselo–, realidad incontestable, existencia fehaciente y ostensible. Todas las intrincadas y apabullantes teorías han cobrado forma, dejando atrás la ligera forma fantasmal que las amalgama, como si fueran diversos fragmentos de una misma cosa.

Sus furtivos encuentros tienen lugar en el fondo de esa taberna de la que hablaba Baudelaire: una guarida cochambrosa sumida en sombras espesas, una esquina atravesada cada tanto por corrientes de vaho nauseabundo y bocanadas pestilentes donde aparecen mezclados el hollín y los viejos fracasos.

Allí, los críticos levantan sus copas entrechocándolas con gestos profundamente hipócritas. Con gran aspaviento lanzan golpes de puño a la mesa, eructan sonoramente y vuelven a llenar los recipientes hasta el borde. No falta quien, en el auge del festín, vacía las entrañas a un lado del cubículo, y vuelve a la carga, sudoroso y pálido como un muerto, pero renovando los vítores, echando pestes a mansalva, con el miedo siempre apremiante de no estar a la altura de las circunstancias.

Cuando la amarga bebida –que sabe a rencores profundísimos, a complejos mal resueltos, a frustración pegajosa– empieza a escasear, los dignos caballeros arrojan unas pocas monedas al piso y mediante gritos desaforados e insultos execrables, exigen la restitución inmediata al único empleado del lugar. Y claro que cuando éste se acerca, aprovechan para denigrarlo de la manera más ruin y miserable posible. Despidiéndolo de inmediato con zancadillas y patadas certeras, con escupitajos oscuros como el fondo de sus almas e incrustándole trozos de vidrio por el lomo curtido y deshecho.

Por eso no importa que sus cuerpos estén notablemente verdes e hinchados; que sus cerebros estén tan embotados por el alcohol que ya ni puedan llevar el vaso a los labios; que sus ojos vidriosos por el humo y la impotencia ya no puedan ver más que sus narices verrugosas, rojas y supurantes.

El sueño de los críticos se ha vuelto realidad. Por fin se descubre, piensan, la verdadera cara de todos los autoproclamados “artistas”. Nada que envidiar, vociferan mientras apuran un nuevo vaso antes que la taberna cierre sus puertas.

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