Arte y videoclips

La generación que creció viendo MTV cuando aún transmitía videoclips puede presumir el haber sido educada con piezas audiovisuales de primera. Directores como Spike Jonze, Stephan Sednaoui y Michel Gondry, Mark Romanek...

Herb Ritts, director

La generación que creció viendo MTV cuando aún transmitía videoclips puede presumir el haber sido educada con piezas audiovisuales de primera. Directores como Spike Jonze, Stephan Sednaoui y Michel Gondry, Mark Romanek —por decir algunos— definieron la cultura visual de la década de los noventas. Entre esta fila de creadores, más bien asociada a la escena alternativa, poca atención ha recibido la faceta como director de videoclips de Herb Ritts (1952-2002), mítico fotógrafo de modas. Una atención escasa que quizá se deba a que sus videos eran de canciones pop que en ocasiones no tuvieron el éxito esperado, o bien porque la fórmula de dichos videoclips se ha emulado hasta el cansancio. Es un momento propicio para redescubrir el poderoso influjo visual de estas creaciones, que reflejan la intersección entre moda, arte y música popular, así como el sentido apolíneo, hoy erosionado, de la cultura pop durante los noventas y el primer lustro del siglo XXI.

Antes de que los videos musicales se volvieran comerciales descarados, odas al product placement y a la filosofía de consumo más digna de Forever 21, la industria de masas entendió bien que sus ídolos musicales debían poseer el paquete completo: interpretar canciones pegajosas y ser inequívocamente bellos. La cámara de Ritts venía como anillo al dedo. Su exaltación de los arquetipos de belleza occidentales, así como la elegancia y sobriedad en su lenguaje, presentaba cuerpos cinemáticos que incitaban al deseo. Su producción visual reitera valores clásicos de la historia del arte, en contraposición, digamos, al barroquismo de un Helmut Newton, más inclinado hacia la androginia y el gesto frívolo y excesivo del garbo femenino.

Basta echar un vistazo a los primeros videoclips que dirigió Ritts para estrellas como Michael Jackson, Bon Jovi y Chris Isaak: en todos ellos vemos cameos de supermodelos, a modo de estatuaria griega clásica en movimiento. No obstante, entrado el siglo XXI, Ritts produjo videos en los que era más enfático el trabajo en torno a la figura del artista como tal, sin necesidad de coprotagonismos mediáticos. Ya sea por decisión autoral u alguna orden la disquera, podemos hallar varios motivos en común en todas estas creaciones: una exaltación de la belleza, texturas cálidas o en blanco y negro, y un constante flujo de seducción —casi voyeurístico— entre la cámara y el espectador.

La última pieza de video que nos legó Ritts quizá sorprenda al olvidadizo lector: Underneath Your Clothes (2002), de Shakira. A manera de behind-the-scenes (formato que se popularizó en esta época, y que aquí era usado para presentarla ante el mercado anglosajón), e intercalando imágenes a color y en blanco y negro, el video medita en torno a una de las formas —siguiendo al historiador Kenneth Clark— predilectas de Ritts: la desnudez. Desnudez potenciada por los distintos planos narrativos del video (la artista dentro y fuera del escenario), y los recorridos de la cámara por el cuerpo de la cantante. Como dato curioso, el videoclip desató un colapso entre ficción y realidad debido al cameo de Antonio de la Rúa, hijo del expresidente argentino Fernando de la Rúa. La visión de Ritts negaba la realidad política del país latinoamericano, y situaba en primer plano la ilusión de intimidad, el artificio y el erotismo que encubría a la pop star latina. Más preocupado por el esteticismo y la interacción de los cuerpos, Ritts replanteó sus obsesiones con los temas pop del nuevo milenio como fondo. En conjunto, estos videoclips refutan un lugar común de la crítica más cuadrada: la supuesta pelea entre lo artístico y el mass media.

Una curiosa anécdota narra la primera aproximación de Ritts como director al lado de Madonna, para quien dirigió Cherish (1989). Cuando ella le sugirió que filmase un video, él se negó, al no tener un conocimiento firme del soporte. Pero Madonna, insistente, le respondió que tenía unas cuantas semanas para aprender a filmar. El resultado último fue impecable. Madonna —quien conoce bien el trabajo de Andy Warhol— lo sabía bien: solo basta un cuerpo hermoso en movimiento y lo demás es historia.

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