A la tumba

A la tumba - Revista de arte contemporáneo
Img – Jeff Pachoud (AFP)

Si hay alguien más obstinado que yo, que se ponga a trabajar.
Ferdinand Cheval

El hombre tropieza con una piedra y sin saberlo, sella un destino de inmortalidad. A partir de ese momento (que bien podríamos llamar epifánico) y durante treinta y tres años, el hombre –que ahora sabemos que es cartero, que no ha salido nunca de los lindes del pueblo, que los vecinos consideran de pocas luces– se dedica a construir su propio Palacio.

Al principio, nuestro personaje, recoge alguna piedra por aquí y otra por allá. Las guarda en los bolsillos del uniforme, que pronto se deshilachan por el peso y el constante uso. Para agilizar el asunto se vale de una cesta, que pronto cambia por una carretilla, pues el volumen aumenta cada día. Avanza con lentitud, pero también con seguridad. Entre columnas y figuras de ensueño, Ferdinand Cheval graba algunas frases.

La más significativa, por supuesto, es la del epígrafe.

Como dijimos, el hombre invierte unos 10,000 días o mejor: 93,000 horas de trabajo. En el pueblo los vecinos lo miran con otros ojos, ya nadie se atreve a dudar de su cordura o de su capacidad.

No obstante, el hombre siente haber dejado la vida en esas calles polvorientas. Cada día gastado en aquellas cartas y piedras lo fue acercando un paso más a la tumba. El hombre ya no es joven, ni cartero, ni apenas nada más. Y pide lo razonable: que lo entierren en su Palacio Ideal. Las autoridades, que para eso fueron creadas, lo prohíben tajantemente.

Es recién, entonces, que nuestro personaje decide construir su propio Mausoleo en el cementerio local. Lo que le insume otros ocho años de labor diaria, sin tregua alguna. Por fin, una vez terminado, decide descansar.

A los pocos meses, como era de esperarse, muere.

Y allí Uds., queridos lectores, que muchas veces, por simple dejadez, por un corriente arranque de pereza, no son capaces siquiera de terminar de leer una columna breve y amena como ésta. Que tanto trabajo me costó, por mil y un demonios. Desagradecidos, no esperaba menos.

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