Los restos del naufragio/Perro

Los restos del naufragio
Deborah Williams, Honest acceptance (2006), grabado, 59 x 88.5cm

La cola recortada y las orejas puntiagudas, daban a la camada una apariencia estética que atraía la atención de los niños regordetes que luchaban entre sí, por un lugar privilegiado al frente de la caja llena de excremento donde reposaban los cachorros. Aquellos rabos recortados producían ternura al moverse de lado a lado mientras que sus hocicos lamían el condimento de las papas fritas impregnado en las manos que los acariciaban.

─ ¿De qué raza son? ─ pregunté parándome de puntitas para sortear desde arriba los cráneos de los infantes.

─Son Dóberman, joven, a mil varitos ─respondió el sujeto al otro extremo del cartón.

─ ¿Qué edad tienen?

─Dos meses y medio.

─Están flacos ─señaló uno de los niños.

─La raza es esbelta ─indicó el vendedor áspero.

Hice cálculos mentales de cuánto dinero llevaba. No tenía más de trecientos pesos. Mientras mi atención se centraba en ejecutar operaciones básicas, el hombre con barba de candado sacó a uno de los animales y lo extendió hacia mí.

– Se lo dejo en ocho pa´que se anime joven.

Decline sostener al cachorro y proseguí mi camino por el tianguis bajo un techo artificial conformado por lonas multicolores que cubrían del sol  los puestos repletos de mercancía asiática.

El tianguis posee un ecosistema propio. Como una hormiga desorientada intenté recobrar el orden natural que se construye a partir de la geografía en constante movimiento entre puestos. Da lo mismo empujar a mujeres, niños o ancianos con tal de evitar ser atropellado por el diablito que se abre paso entre la multitud como un toro desenfrenado. En cada esquina del parque donde se monta todos los viernes el tianguis, se produce un congestionamiento, si se corre con un poco de suerte, uno puede quedar atrapado entre un montón de colegialas de falda a cuadros a las que no puedes evitar rozarles las nalgas.

Me encontré de nuevo al sujeto de los perros cuando me marchaba del lugar. Llevaba un paso rápido y sólo se detuvo al chocar de frente conmigo.

─ ¿Se le fueron todos? ─ pregunté.

─Me quedó uno ─ abrió la caja y un húmedo hocico se asomó de ella─ Se lo dejo barato pa´que se lo lleve.

─Sólo traigo Dos cincuenta ─ tenté mis bolsillos haciendo sonar las monedas.

─Así no se puede joven ─ dijo y cerró ofendido la caja.

Reanudé mi camino hasta que el hombre me dio alcance en la cuadra siguiente -Órale pues, pa´que le haga compañía- dijo extendiéndome la caja y abriendo la palma de su mano para recibir el dinero.

De camino a casa me detuve a comprar un listón que le até a manera de moño al cuello. En cuanto crucé el umbral de la entrada, el húmedo cubo de cartón terminó cediendo al peso del animal que cayó en seco sobre la loseta. Produjo un chillido y paulatinamente se incorporó. Olfateó cada esquina de la casa mientras yo preparaba la comida. Yolanda llegaría pronto. En un mes y medio cumpliríamos dos años de vivir juntos y ocho meses sin coger. Si no fuera por la por la pornografía mis espermatozoides se petrificarían en mi vesícula.

En cuanto escuché el sonido de sus llaves frente a la puerta, llevé al perro al patio trasero y salí a su encuentro. Hice a un lado su bolso y la conduje emocionado por el corredor que conecta todas las habitaciones de la casa.

─Te tengo una sorpresa.

─Dime qué es ─ dijo mientras la llevaba casi a empujones─ Ahorita tengo cólicos y me quiero dar un baño.

No hizo falta que viera al cachorro que escarbaba un agujero entre los geranios para que intuyera que la mierda que acababa de pisar  provenía de él.

─ ¡No mames, Alfonso, un perro! ─ gritó molesta mientras se quitaba la zapatilla, y enjuagaba su aguja en el lavadero─ Cómo chingados se te ocurre traer un animal, si no hay espacio.

─Nos hará bien tener en qué entretenernos después de lo que pasó.

─ ¿En qué entretenernos?… ¡No entiendes nada cabrón! ─dijo aún más molesta ─Perdí un bebé; eso no se arregla con un perro.

─ ¡Perdimos! ─Replique con torpeza─ ¡También era mío! –Me arrepentí al instante pero la bala ya estaba en el aire.

Dio media vuelta y entró a la casa dejándome solo con el perro que orinaba las cubetas. Comimos en silencio mientras el animal rascaba la puerta. Le llevé las sobras que terminaron siendo mayores de lo que ambos comimos. Las devoró con un hambre urgente en un par de mordidas.

─ Tranquilo wey, comes como un pinche Náufrago ─ lo contemplé de pie como esperando una respuesta.

El resto de la tarde transcurrió sin ningún sobresalto. Yolanda se mostraba ligeramente más distante de lo cotidiano, pero ya nos encontrábamos en una pendiente sin retorno.

Me masturbé en la regadera pensando en los tiempos en que cogíamos en cada esquina de la casa. Ya en la recámara me tragué el orgullo que me restaba, y en un tono conciliador prometí que llevaría al cachorro con mi madre. Ella, por su parte, se limitó a responderme en monosílabos.
A media noche un llanto estruendoso me sacó del sueño; dubitativo tardé en descartar que proviniera de la cama. El cachorro no cesaba de llorar.

─Baja a ver qué quiere ese pinche animal, que va a despertar al resto de la manzana─ ordeno Yolanda desde el otro hemisferio del colchón.

Batallones de cucarachas se escondían conforme encendía las luces de la casa. Se refugiaban audazmente entre los agujeros de las paredes y la oscuridad debajo de los muebles. Salí al patio para verificar que las viejas toallas con las que le había improvisado una cama estuvieran ahí. Todo estaba intacto, las toallas sin un solo doblez, el mismo número de croquetas en su plato, ni un mililitro de agua menos en su jícara. Metí al animal a la sala a pesar de que eso implicaba que tendría que levantarme una hora antes de lo acostumbrado para limpiar sus desechos y no lo notara Yolanda.

Cerqué un perímetro con los muebles para reducir el excusado improvisado del invitado. Noté entonces que a pesar de mi presencia el perro no había disminuido un solo decibel a su llanto. Por un momento pensé en asfixiarlo con los cojines, pero descarté la idea de hacerlo por miedo a que Yolanda hiciera lo mismo conmigo si quedaba algún tipo de evidencia en uno de sus “finísimos cojines de diseñador”.

No pude dormir junto con el resto de la manzana. Yolanda que se levantó con los ojos hinchados a darse un baño. El canino se encontraba disminuido por la larga jornada de lamentos. Coloqué los muebles en su sitio lo mejor que pude. Cuando Yolanda salió de la alcoba con un kilo de maquillaje encima para camuflajear sus ojeras, pasó de largo por la cocina donde me encontraba.

─Lleva a ese perro al veterinario ─ gritó desde la sala a pesar de que sólo estaba a cinco pasos del comedor─ está muy flaco.

─Es de raza esbelta ─ contesté no muy seguro de que me hubiera escuchado.

El veterinario parecía el prototipo exacto de aquellos a quienes contratan para representar a Santa Claus ─ El Zoofílico perfecto ─ pensé.

─No, amigo, éste no es un Dóberman ─dijo mientras examinaba el cráneo del animal ─ Mira─ apuntó detrás de sus orejas─ Aquí le cosieron para levantarle las orejas, por eso lloraba, se le pasó el efecto de la anestesia.

─ ¿Lo puede curar?

─Sí, vamos a quitarle esas costuras ─dijo, mientras preparaba una inyección. –Voy a dormirlo para que no le duela. ¿En cuánto se lo vendieron? ─preguntó muy divertido.

─Dos cincuenta ─conteste. Pareció no creerme, pero siguió alistando una serie de instrumentos.

─Así son esos cabrones; agarran cualquier perro de esos que andan por las calles, lo bañan, le encuentran parecido con alguno de raza y lo venden ─Explicó mientras intervenía al can.

Pasé a ver a mi madre para ofrecerle el “Dóberman”, pero se negó a tomarlo. Pensé en dejarlo tirado a mitad de la calle, pero quise probar suerte de nuevo en casa al fin y al cabo la idea de llevarlo a revisar había surgido de Yolanda. Apresuré el paso para llegar a tiempo y  preparar la comida.

Cuando Yolanda llegó por la tarde no mostró la más mínima reacción al ver que el animal seguía ahí. Tomé eso como una señal positiva hasta el momento en que me informó que estaba harta de nosotros y que pensaba irse. No intenté persuadirla; yo también compartía el sentimiento. Acabé mi plato de macarrones y saqué a caminar al cachorro que temblaba como un ciervo recién nacido por la anestesia.

Después de una semana, el único vestigio sobre la presencia de Yolanda por la casa fue la zapatilla embarrada de mierda que ahora mastica Náufrago en el corredor.

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