En los negros ojos del tigre

A mi hermano le daba lo mismo tener un hijo que comprar un perro, botarlos en casa de mi madre y seguir adelante con su vida, después tener otro hijo o comprar un tigre.

Para mi madre, para Kiara, la joya de la familia,
y para todos los perros vagabundos que alguna vez
fueron felices con sus amos, mil veces malditos,
que los abandonaron.

Mi madre atropelló a un gato. Ella tenía 6 años cuando eso ocurrió. Iba en su triciclo, una llantita se zafó y le pasó encima a un gato café que cruzaba la calle.

— Maté a un tigre — le dijo a su madre.

— Te vas a ir a la cárcel, niña.

— Ay, no, mamá. ¿Y mi coche? ¿Quién me lo va a pagar?

Un tigre murió y mi madre nunca más sintió afecto por los gatos.

Cuando creció, ahorró para comprar un pajarito. Le dieron identificación y toda la cosa, hasta un librito para enseñarle trucos. Le llamó: Periquito.

A Periquito se lo comió un gato café, un tigre. Mi madre nunca más sintió afecto por lo pájaros y odió a los gatos. Le recordaban la fragilidad de su carácter, la perenne mutabilidad de las cosas y la fría condición de la venganza natural del mundo.

*

Tuvimos una tortuga y un pez beta que corrieron la misma suerte que Periquito. No se los comió un tigre. La tortuga padeció una severa infección en los ojos, que hizo que se le inflamasen como globos, luego tuvo anemia. La pobre murió un domingo de ramos. Mi madre la envolvió en un lienzo blanco y le dio cristiana sepultura en el jardín, a un costado de donde enterró al abuelo.

El pez beta se infló. Parecía una pelota de golf coqueteando con el infortunio del barco naufragado que estaba en su pecera. Nunca supimos bien por qué murió, pero mamá dejó de sentir afecto por los peces, todos, y las tortugas. Una vez soñó que estaba embarazada y daba a luz a una tortuga gigante sin caparazón.

*

Mi hermano siempre insistió en tener un perro, pero mi madre fue, según ella, muy tajante:

— Animales en mi casa ya no. Si traes un perro a esta casa yo me voy.

Claro que mi madre no se fue de la casa el día en que mi hermano llevó un bóxer cachorro.

— Se va a llamar Mussolini — dijo.

A mi madre todo le pareció un mal chiste: el nombre, el perro, y la fascinación de mi hermano por las decisiones precipitadas. A mi hermano le daba lo mismo tener un hijo que comprar un perro, botarlos en casa de mi madre y seguir adelante con su vida, después tener otro hijo o comprar un tigre. Nunca pudo comprometerse en serio con nada. No obstante, mi madre adoraba a mi hermano. Yo siempre fui la tortuga sin caparazón de sus sueños.

Yo cuidé a Mussolini porque era un desvalido, igualito que su homónimo italiano.

La primera noche durmió conmigo en mi cama, porque al cachorro, supongo, le aterraba la soledad. Esa noche Mussolini rompió mi playera y trató de mamarme el pezón hasta quedarse dormido. Mi pecho tenía moretones gigantescos — uno con la forma del rostro de una exnovia de mi hermano —, consecuencia de los esfuerzos impotentes del cachorro. Tuve que untarme bálsamo blanco, la fórmula que utilizan los ganaderos para tratar la mastitis de las vacas. Yo fui la tortuga con tetas — y sin caparazón — de la familia.

Mi madre venció su apatía y comenzó a procurarle cuidados a Mussolini. Mi hermano, por otra parte — y como siempre —, nos legó, a la fuerza, la custodia del cachorro. Pero en ese momento, mi madre y yo, no estábamos preparados para hacernos responsables de otra vida. Mi madre y yo, cada quien por su cuenta, vivíamos una fiesta perenne.

— Nosotros no podemos con este paquete — me dijo.

— Ya sé. Somos inválidos.

El cachorro estuvo en casa sólo una semana.

— Ya hablé con el veterinario — dijo mi madre —. Aceptó quedarse con Mussolini.

Mi madre llevó al cachorro. Lloró durante dos noches y tres días, yo me deprimí y bebí todavía más. Mi hermano ni siquiera supo que a Mussolini le gustaba saltar para atrapar a las mariposas del jardín.

A veces sueño que Mussolini es un perro vagabundo y que cuando duerme sueña conmigo y es feliz. Siempre despierto llorando cuando sueño a Mussolini.

Dos meses después me fui de la casa de mi madre. Se me había roto algo y la casa me quedaba muy grande. Yo era una tortuga coqueteando con el infortunio de todos los barcos naufragados.

*

Mi hermano es militar. Antes de irse a radicar definitivamente a Guanajuato, adoptó a una cachorra pastor belga malinois, que llegó al batallón para ser adiestrada. Mi hermano dijo que la cachorra lo había elegido a él, pero como siempre, hizo de las suyas. La cachorra se quedó en casa de mi madre.

Una cosa es tener un perro pequeño y perezoso, una simulación de perro, y otra muy distinta es tener un pastor belga malinois, una raza acostumbrada al ejercicio abundante.

— Si no se les proporciona la cantidad suficiente de ejercicio, estos perritos tienden a desarrollar problemas de conducta. Pueden ser muy destructivos — nos dijo el veterinario — Además, las hembras son sumamente territoriales.

— Eso, ¿qué significa, doctor? — pregunté.

— Nada serio, sólo procuren que tenga mucha actividad.

— No nos va a matar, ¿verdad, doctor? — preguntó mi madre.

Mi hermano se fue a Guanajuato no sin antes nombrar a la cachorra. Le puso: Tigre.

— ¿No debería llamarse Tigresa? Es hembra — le dije.

— ¿Quién?

— ¿Quién, qué?

— No, nada. ¿Ya viste su máscara?

— ¿Cuál máscara?

— La de Martha Villalobos, pendejo.

— ¿No que se llama Tigre?

Tigre llegó a casa de mi madre en vísperas de las fiestas patrias. Yo la conocí en diciembre. En el trabajo me dieron dos semanas de vacaciones, visité a mi madre y me quedé en su casa durante ese tiempo.

Dediqué mis vacaciones a Tigre. Le enseñé órdenes muy básicas: ve, no, abajo, come, patita y salta; ella aprendió con gran rapidez. Según investigué, los pastores belga malinois son especialmente inteligentes, por eso son la raza predilecta de la policía y el ejército.

Tigre no fue una cachorra molesta como lo fue Mussolini. No lloraba por las noches, dormía demasiado durante el día y parecía soportar bastante bien los embates del frío. Comía dos veces al día. Mi rutina, al menos durante esos días, cambió drásticamente. Me levantaba temprano, salía a correr, volvía pronto a casa porque me daba mucho miedo dejar a la cachorra a merced de mi madre; le daba de comer, limpiaba su caca, su casa, le daba agua y jugábamos con una pelota naranja, la predilecta de Tigre. En ese momento no podía sacarla a pasear porque no estaba vacunada.

Cambios extraños operaron entonces en mí. Me volví aprensivo y sumamente diligente, algo que creí que estaba reservado para una persona especial y esas cosas que parecen sacadas de libros o malas películas taquilleras. Aquellos días yo tenía el corazón hecho pedazos, a causa de una relación fallida. Tigre me salvó de cometer una estupidez, y yo se lo retribuí con atención y cariño. A veces, sin que mi madre se diera cuenta — ella parecía imponer una distancia insalvable — cargaba a Tigre como sólo una madre puede cargar a un hijo.

Por otro lado, debo admitir que en algunas ocasiones perdí la paciencia. Y es que no estaba acostumbrado a la alegría y al desparpajo, a pesar de mis borracheras — todas solemnes — ni a ver a un perro comer una casa de plástico, un tubo de PVC — que dejó inservible el lavadero — y media pared de concreto; no estaba familiarizado con el olor a mierda en el patio ni a la energía brutal de un perro tan activo.

Cuatro días antes de que se acabarán mis vacaciones, Tigre tenía ya todas sus vacunas. No perdí la oportunidad de salir a correr con ella.

El primer paseo fue un desastre. Todos los perros de la cuadra se volvieron locos, y yo creí que los vecinos me iban a mandar a matar por alterar el orden público. De nos ser por la correa, Tigre hubiese desbaratado a perros y a niños. Supongo que el tamaño de los mocosos la hizo sospechar.

Una vecina me recomendó llevar a Tigre a un viejo parque industrial abandonado, y así lo hice. Ese día Tigre conoció la libertad. Le arrojaba la pelota naranja más allá de mi vista miope y ella corría más rápido que Bolt. Tigre tenía entonces 5 meses cumplidos y a mí se me estaba rompiendo el corazón ante la inminente separación.

*

Yo no lo supe entonces, porque mi madre me legó la responsabilidad, pero ella fue quien procuró y cuidó a Tigre antes de que yo llegara, de tal forma que la perra encontró a su alfa en mi madre.

— Quizá ella es la hija que nunca pudiste tener. Piénsalo — le dije a mamá.

— O la reencarnación del gato que atropellé cuando era niña.

— Pero los perros y los gatos se odian.

— ¿Quién dice?

— Pues Jaime Maussan dijo alguna vez que los gatos son las mascotas de los reptilianos, una raza alienígena que busca dominar y esclavizar a todas las razas del universo, y los perros, por otra parte, son los animales de compañía de una raza, enemigos de los reptilianos, que no recuerdo cómo se llama.

— Pues no sé, pero hay un gato que le trae mariposas y pájaros muertos, y Tigre escarba en el jardín y los entierra.

— ¿Y rezan juntos después?

— No, pendejo. Los animales entienden la naturaleza de las cosas.

Mi madre también perdió la paciencia, pero sonrió mucho cuando vio a Tigre volverse loca con tanto espacio en el parque industrial. Yo miré a mi madre sonreír y quise creer de veras que ella había hecho ya las paces con todas sus historias de horror.

Tigre me quería pero en realidad adoraba a mi madre a pesar de su carácter arisco. Yo arrojaba la pelota, Tigre corría, mi madre aplaudía y la perra, de vuelta, buscaba la caricia de la mujer que atropelló a un tigre cuando fue niña.

Mi madre bien pronto se volvió una practicante de sonidos extraños. Renegó de su condición humana, retrocedió mil años en la evolución y entabló conversaciones rupestres con Tigre. Ella y la perra se entendían con gruñidos y yo, humano después de todo, no pude despegarme de las palabras que nunca han podido ser libres de las letras que las aprisionan.

La emotividad entre ellas trascendió más allá de la resistencia inicial de mi madre. Lo dejó bien claro alguna vez: Animales en mi casa ya no.

— ¿Sabes, hijo? Tigre es muy inteligente.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque le ladra a los fantasmas y los ahuyenta.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque ya puedo dormir bien.

— Eso se llama insomnio.

— Sí, pendejo. Supongo que el pinche insomnio tiene forma de niño con cabeza desfigurada.

*

Alguien — mi madre no pudo recordarlo — se robó a Tigre. Fue alguien que nos vio alguna vez correr y se percató del pedigree de la perra. Algún pendejo que aprovechó una oportunidad, apaleó a mi madre y se robó a la perra. Mamá fue a dar al hospital.

No volvió a ser la misma. Dejó de comer y hablar con la gente, conmigo. Las enfermeras temían entrar en su habitación porque, según ellas, se había vuelto loca y neurótica. No la culpo. Tigre nos había curado del mal que habitaba en nuestros corazones, y así, de pronto, ese mismo mal nos vino a pasar factura por todas nuestras atrocidades pasadas.

— Soñé con Tigre — me dijo un día —. Fui feliz otra vez. Hijo — y me tomó la mano —, tráeme sus cosas, ¿sí?

Mi madre se quiso colgar con la primera correa que Tigre utilizó cuando era apenas una bebé, y mamá la ponía a saltar obstáculos porque de veras tenía ganas de meterla a un concurso.

Un quince de abril mi madre falleció en una cama de hospital. No despertó ya de ese sueño en el que ella sonreía y Tigre iba por una pelota naranja con un cascabel adentro, que no volverá a sonar jamás.

En el buró, junto a su cama, había una fotografía: ella y Tigre. Una enfermera me la entregó con mucho cuidado, como temiendo romper lo único que me quedaba en este mundo.

— ¿Qué dijo el doctor? ¿De qué murió? — preguntó mi hermano en el velorio.

— De tristeza, pendejo.

— ¿De qué?

— Un paro cardíaco.

— ¿Y Tigre? ¿Cómo está?

— Muerta. Mataste a las dos.

*

Yo sé que Tigre está viva y cuando duerme sueña conmigo, con mi madre. Probablemente alguien la patea y ella despierta feliz porque cree que soy yo. Quizá la han puesto a pelear batallas que pierde a propósito , porque, al final del día, Tigre es la hija que nunca pudo tener mi madre, y así creció, siendo la menor, la joya de esta familia hecha pedazos.

Yo sólo quisiera saber que mi hermana nunca ha peleado ninguna batalla absurda. Que murió ese mismo día que la raptaron. Quiero pensar que en este momento ha vuelto a su hogar para espantar a los fantasmas que no me dejan dormir.

Jorge Meneses
fob_j91@hotmail.com
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