El ropavejero

El ropavejero
Fotografía – Olga Stefatou, Ragon, 2008

Por las tardes se escuchaba el sonido del carrito del super cargado de bolsas de plástico negro, desde mi ventaba trataba de adivinar que llevaría oculto en ellas aquel anciano que puntualmente pasaba por la calle empujándolo.

Lo recuerdo así desde que yo era niño, él ya era mayor y siempre era seguido por varios perros sin correa cuya cantidad variaba de un par a una jauría, iban siempre en hilera tras el hombre, yo comencé a observarlo y llegué a notar qué perros iban desapareciendo y cuales eran nuevos en el grupo.

De verlo todos los días supe que en el carrito llevaba ropa vieja, cartones, algunas ramas secas de arboles del parque que está calle arriba. En bolsas y en contenedores desechables llevaba sobras de alimentos que le daban en las casas.

Mi mamá a veces le daba comida en un bote vació de yogurt, le decía el “el señor de los perros”, los niños de mi cuadra “el loquito del carrito” cuando estaba afuera jugando con ellos y a lo lejos lo veíamos acercarse calle abajo, a mí no me gustaba que le dijeran así, yo lo nombré “el Ropavejero”.

Me gustaba ver al Ropavejero cuando pasaba por mi casa, mis padres no me dejaban tener mascotas y yo me entretenía viendo sus perros. Había de todos los tamaños y colores, algunos cachorros y otros que lo seguían a paso lento cargando el peso de la vejez.

A veces el anciano les hablaba, cuando los perros reñían o cuando husmeaban demasiado tiempo en una sola casa. En varias ocasiones lo vi dándoles trozos de pan duro que él sacaba de una bolsa.

El Ropavejero los cuidaba mucho, no los dejaba que importunaran a la gente que caminaba por la banqueta. Con un firme grito, un “¡No!” sonoro, los detenía si perseguían a un ciclista o si comenzaban a reñir con otros perros que eran paseados por sus dueños. Una vez lo vi que sacó un cepillo de entre las bolsas y comenzó a peinar a uno de los perros. El animal se dejaba acicalar mientras los otros se echaban a su alrededor. También vi cuando cargó a una perra que estaba embarazada y la acomodó con delicadeza entre las bolsas del carrito para que no se fatigara en el camino a quien sabe dónde.

Conforme fui creciendo perdí el interés en aquel hombre y sus mascotas, comencé a salir más, con los amigos o alguna novia, ya no me ilusionaba ver al Ropavejero, aunque nunca dejé de sentirme feliz al verlo aparecer con los perros. Llegado el momento me marché a la capital a estudiar la carrera y sólo me acordaba de aquel hombre cuando estaba en casa de vacaciones y escuchaba su carrito, aunque ya rara vez me asomaba a verlo pasar.

Apenas terminé la carrera regresé a casa de mis padres una temporada mientras decidía que iba a hacer, había un par de opciones para postgrados y una posible oferta de empleo al otro lado del país, necesitaba acomodar mis ideas antes de dar el siguiente paso. En esos días me sorprendió volver a escuchar el carrito del Ropavejero cuesta abajo por la calle. El hombre se veía mucho más acabado, las arrugas eran más profundas y su piel más oscura a causa de caminar tanto tiempo bajo el sol. Su ropa estaba más sucia que nunca, desgastada y con agujeros por todas partes. Aquel anciano era más delgado de cómo lo recordaba, pero seguía empujando su carrito como siempre, acompañado esa vez por tres perros.

Uno era grande y rollizo de color pardo salpicado de negro, jadeaba y tenía la lengua de fuera en su andar de pasos largos y torpes, un perro viejo en apariencia; el segundo era mediano y musculoso, de pelo corto y tan negro que relucía en su andar ligero, sin duda un animal joven; ambos perros eran mestizos. Tras ellos corría tan deprisa como sus patas cortas se los permitían, un inquieto perrito Chihuahua de color amarillo que con esfuerzos les seguía el paso.

Desde mi ventana los perros se veían limpios, saludables y vivarachos, detrás del hombre andrajoso y consumido, al menos esa impresión tuve a la distancia.

Movido por la curiosidad que me causaba el espectáculo, por primera vez me animé a charlar con el Ropavejero, dejé la casa para alcanzar al hombre sólo para verlo derrumbarse en cuánto salí a la calle.
Por instinto corrí hacia el anciano desvanecido para atestiguar como los perros en seguida lo rodearon: el pardo intentaba reanimarlo dándole golpecitos en el costado con el hocico, mientras el negro saltaba sobre él, soltando algún gruñido como anhelando que reaccionara. El Chihuahua lanzaba aullidos agudos que transmitían una profunda tristeza. Sus compañeros se le unieron y comenzaron un desgarrador concierto de aullidos al que los perros del vecindario se fueron incorporando.

Lo siguiente lo recuerdo como si viera un viejo VHS en avance rápido: Llegaron patrullas de la policía, hicieron preguntas, constataron la muerte del Ropavejero. Una ambulancia acudió a levantar el cadáver, un infarto fulminante acabó con su vida. Cuando el vehículo arrancó, el viejo perro pardo y el atlético negro corrieron tras él, ladrando.

El Chihuahua seguía llorando al lado del carrito de supermercado. Sin pensarlo lo tomé entre mis brazos y lo sostuve. No pude contener las ganas de saber que había en el carro: las mismas bolsas con ropa, cartones y varas de siempre, algún recipiente con sobras de comida. Noté que al fondo había un cartapacio, lo llevé conmigo a casa junto con el perrito, que todavía hoy sigue conmigo.

En el cartapacio había cartas, fotos y papeles de una universidad. Aun antes de revisarlos supe que el hombre que murió no sólo fue un vagabundo: fue alguien, tuvo amores, tuvo una carrera, formó una familia y terminó irremediablemente solo; en sus últimos años sólo los perros ocuparon su mente y corazón.

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