Luz y sombras

Luz y sombra

Estefan lleva más de tres horas con los ojos fijos en la luz neón que parpadea en su ventana, como una luciérnaga inorgánica que no alcanza a comprender que no puede atravesar el vidrio. Ese anuncio le recuerda a ella, aunque no sabe decir por qué y si eso le agrada o le molesta. Sospecha, ligeramente, que ese insomnio, que se estrella insistentemente contra la ventana de los días, es el último recuerdo de ella sobrevolando la madrugada.

Estefan sale temprano de su departamento, los oídos vendados con melodías que sólo sugieren, sólo susurran. En su boca va revuelto el gusto a enjuague bucal y una mezcla de cigarro y alcohol. Le gusta la combinación, es ascética, fría: sabe a olvido. Aborda siempre el primer autobús, el que tiene gusto de noche y no de mañana; la gente nunca se mira en ese primer autobús: anonimato exacerbado y olvido involuntario que denuncian madrugada y no amanecer. En su mochila va la cámara: el flash saldrá, luego la cámara guardará en el vientre una parte de la ciudad, el rostro de alguien, el vuelo de una paloma gris como el cielo que la cobija. Como una mosca que primero regurgita para luego tragar. Para él la vida es sólo una serie de fotografías, una tras otra, inconexas en ocasiones.

Estefan aún revela usando los líquidos y las charolas que ya casi nadie usa: aún teje con hilos de luz y plata los rostros de las personas, las calles, las luces de una ciudad, pero sobre todo de las aves. Llega a la oficina donde trabaja. Ocho horas de papeles, de llamadas, de escritorios apilados horizontalmente, atrincherados contra la vida. Almuerza tarde para no encontrarse con nadie en el comedor, entonces mira largamente las paredes y, a veces, toma una fotografía. A veces no, a veces sólo se imagina las tomas. No le dice a nadie que es fotógrafo, porque hablar de lo que uno es y hace es el grito en soledad más desesperado. No le dice a nadie que es fotógrafo porque si usa ese título entonces se estaría aceptando, y cuando uno reconoce que es algo o alguien, empiezan los problemas, empieza la vida, y la vida de alguien que vive solamente de no ser nadie más que la luz y el pulso detrás de la cámara, es solitaria. El tiempo que corre entre tomar la foto y quitar el ojo para mirar lo que se ha fotografiado, es eterno: lo que se ha grabado en luz nunca está ahí cuando uno mira sin la cámara. Estefan lo sabe.

Estefan siempre sale del trabajo con veinte minutos de retraso. No está entrenado para despedirse de nadie, o para hablar del día o de los problemas en la oficina. Luego camina durante largo tiempo: nunca toma la estación más cercana del metro, camina hasta que los vagones están más vacíos. Entonces aborda y toma algunas fotos por lo bajo, disimuladamente: las tomas a veces son buenas. Pero casi siempre son borrosas. Sin embargo, hoy Estefan prefiere caminar hacia la estación más cercana. Sube entre toda la gente, pero luego, justo antes que el metro arranque, desciende rápidamente, como si la gente fuera fuego y él una fotografía. Las personas lo miran extrañados, apenas por un segundo, luego la puerta se cierra frente a sus ojos y vuelven a mirar al vacío. Estefan camina hasta encontrar un bar. El tiempo que transcurre entre la primera cerveza y la última es menor al de un par de canciones que alguien puso sin que él lo notara. Paga la cuenta con su tarjeta luego de descubrir que tiene vacíos los bolsillos. El aire de las calles está lleno de reproches, de caricias oxidadas que nunca llegaron a su destino.

Estefan camina hasta su departamento. Cuando llega, entra a la cama sin quitarse la ropa. Es jueves, pero en realidad eso no le importa. A pesar de estar cansado no puede dormir. Se levanta a ver televisión. La programación, a esas horas de la madrugada, es una prisión triste. Estefan cambia los canales mientras bebe el vino que encontró en el refrigerador; sus tragos son veloces, despiadados. Se va a dormir cuando el televisor entona el Himno Nacional.

Estefan despierta con el alcohol colgando en los párpados y en la boca. Se baña con agua fría y desayuna lo que sobró de la cena de una noche atrás. Llama a la oficina para reportarse enfermo; como respuesta obtiene una fecha para recoger su liquidación. Cuelga cuando el teléfono se queja por estar descolgado. Camina hacia la esquina de su departamento, que también usa como estudio. Revisa la cámara sobre el tripié, luego enciende las luces. Aprieta el botón del temporizador y se coloca frente al lente cuando el tiempo va a expirar. Camina a la tarja que usa como cuarto de revelado y obtiene la fotografía: no sabe si culpar a la cámara o a los años por ese rostro destilado en tiempo crudo. Guarda la fotografía y una carta en un sobre manila. La toma es borrosa. La carta está amarilla y cuarteada de los bordes que se han doblado y desdoblado hasta el cansancio.

Sale a la calle con su cámara digital, como todos los días. Toma fotografías de la gente, de los árboles. Cuando dan las doce vuelve a tomarse una fotografía: al mirar la toma en la pantalla digital, su cara le resulta tan anónima que por un momento cree que alguien se colocó detrás de él cuando apretó el obturador. Camina de regreso a casa, pero en el camino se detiene en la oficina de correos. Entra y saluda al aire con un hola que llevaba horas anidado en su garganta y necesitaba echar a volar. Escribe sus datos al reverso de la fotografía, la mete en un sobre más pequeño que el que traía y, luego de pagar los sellos, la entrega en el mostrador; la empleada no le devuelve el saludo. La dirección que anotó, de memoria, es la sede de un concurso anual de fotografía, el mismo de cada año. La carta la tira a la basura y sale. Antes de doblar la esquina, regresa a la oficina de correos y saca la carta de la basura; la empleada vuelve a recibir la sonrisa de Estefan, pero no da la propia.

Estefan, esa noche, no mira la tele. Escucha canciones tirado en la cama, los audífonos en flor de música en el acantilado de sus oídos. El cuarto está a oscuras. Las luces de la ciudad le ponen una máscara de neón al rostro de penumbras con el que Estefan, insomne como siempre, se mira frente a frente. Suena el teléfono. Estefan no lo nota porque la música y el alcohol le han envuelto la cabeza. El teléfono suena otra vez, una más, otra, hasta que por fin entra el buzón de voz. El mensaje se perderá para siempre: Estefan, desde años atrás, desde que se mudó a ese departamento, usó el casete de la contestadora para grabar a Melisa cantando, unos días antes que se fuera. Escucha ese casete cada fin de semana.
La ciudad sigue soñando, ronca autos y construcciones.

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