Los (falsos) adioses

En la actualidad, el contexto pesa más que la obra. Sin embargo, el David de Miguel Ángel, con un mínimo de contexto, causa asombro ante su materialidad y técnica escultórica en cualquier espectador. Podemos no saber nada sobre el proceso de realización, su contenido simbólico o, incluso, sobre otras obras de técnica similar, y aún así, aquella escultura sólo enriquece su propio edificio teórico-simbólico.

La obra es un hecho, la cual adquiere diferentes interpretaciones, valores y significados; las diferentes interpretaciones, valores y significados, no definen, como principio, la obra.

Los adioses (2017), dirigida por Natalia Beristáin, es una cinta apreciada por motivos erróneos. La estructura base realizada por Beristáin y María Reneé Prudencio (guionista de la cinta) confunden y deshacen el gran trabajo fotográfico de Daniela Ludow haciendo de ella una mera representación gráfica en su potencialidad audiovisual. No sólo esto, otros elementos rescatables como la dirección de arte, el vestuario, la escenografía y las buenas actuaciones se desfasan en una mediocridad somnolienta impuesta por el error de la dirección y el argumento. Rosario Castellanos, figura fundamental en la poesía mexicana del siglo XX, feminista, “está perdidamente enamorada” de Ricardo Guerra, prototipo del macho mexicano. Su relación se basta en una frase de diálogo:

“Porque si tú me dices no, para mí es no. Y si me dices llueve, para mí está lloviendo.” (Rosario Castellanos)

La trama comete la imprudencia de hacer girar la vida de Castellanos alrededor de la relación con Guerra. Si la película busca proyectar el humano feminismo de la poeta. ¿Era necesario someterla a una relación destructiva?

Si vemos otras películas basadas ficcionalmente en la vida de otros artistas vemos esa desproporción respecto al valor de Rosario como ser humano y como artista. Su obra apenas se asoma y refuerza su angustia sentimental merced al ninguneo de su marido.

Su labor intelectual es un discurso y algunos fragmentos feministas mal planteados. Lo que vemos es una caricatura de Rosario Castellanos, no lo mejor –ni lo peor– de ella. Para mí, la cinta, fue el equivalente textual de las contraportadas o entrevistas donde Elena Garro es la primera esposa de Paz. ¿No resulta contradictorio esto? ¿No implica un error craso el hacer una película con un objetivo de reivindicación bajo estos recursos formales?

Si bien la búsqueda por humanizar el feminismo de Castellanos es una buena idea, lo que se ve proyectado en la pantalla hunde el objetivo y propuesta del filme. Más loable, aún, es el hecho de ser una película compuesta por un grupo mayoritariamente de mujeres y ser exhibida en salas comerciales, pero las columnas de aquel memorial cinematográfico sólo están recubiertas por un bonito ornamento contextual y una fachada revestida de progresismo que trata de sostenerlo.

La cinta es conservadora. Su valor es un gesto de simpatía ante un contexto feminicida. Por ello juzgar desde lo externo resulta peligroso para la obra misma. Los adioses es una película bonita. Pero llamarle de tal forma es una ofensa en relación a su propuesta y ambiciones.

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