La función de las humanidades y las artes

Rafael, La escuela de Atenas, 1512.
Rafael, La escuela de Atenas, 1512.

Parte II

El problema posiblemente sea que nos están ganando el terreno aquellas personas que abusan de la estupidez humana, que por naturaleza, todos tenemos de una forma u otra. Cuesta trabajo imaginar que alguien quiera pagar tanto dinero por un teléfono o que se haga rico gracias a un programa televisivo donde lo único que se muestra es el día a día (editado y escrito) de una familia de mujeres sin talento alguno e inteligencia cuestionable. ¿En dónde estamos fallando las humanidades?

Y no es porque la gente de humanidades pertenezcamos a un gremio distinto, porque con todo y los snobs que atesoran su conocimiento en artes y que lo celan atreviéndose a decir que la cultura no debería ser democratizada, popular o para las masas, existen eventos y esfuerzos grandes para que las distintas manifestaciones artísticas lleguen a una mayoría abarcando espacios privados y públicos, tan públicos como la plaza el zócalo de alguna ciudad.

Sobre si los esfuerzos son buenos o malos, si los proyectos son cuestionables o si el arte que se muestra vale la pena, el tema es muy complicado porque podemos considerar la existencia de tres factores que afectan las decisiones: lo económico, lo político y lo artístico, en torno a esos tres ejes los proyectos se discuten y encontrar el balance es complicado, por ello muchas de las exhibiciones no son tan exitosas o parecen estar poco organizadas. Pero en mucho de ello está que las personas involucradas, además de los artistas, pocas veces son gente de humanidades consideradas para la toma de decisiones.

Otro problema ha sido la comercialización de todo dando valorización a objetos no tanto por lo que son sino por lo que significan en la vida de los demás, un discurso muy complicado que nos abarca a todas las personas y del que vendedores y empresas toman ventaja. Incluso el arte puede verse implicado en el mismo discurso en algunas ocasiones permitiendo que artistas sean sobrevalorados o no se les reconozca si no están dentro del mismo sistema (esto no es una generalidad pero ocurre). Una de las mayores complicaciones de esto está en la elevación de artistas de quienes se les puede cuestionar sobre su obra, por ejemplo, decir que Maluma es artista puede resultar risible para muchas personas, porque, en efecto, su obra es nulamente reflexiva y está construida para vender y ese no es el principio del arte, pero sería una tontería decir que su música no es cultura considerando que el concepto de cultura puede englobar la forma de vida de una sociedad, así, el reggaetón, la música urbana, los cholos, el grafiti y todas esas manifestaciones que a cierto sector le parecen desdeñables son, indudablemente, elementos culturales de un sector de la población. La pregunta está en ¿por qué ese sector sólo consume esos productos?

Cuando surgió Youtube una de las ideas era que las personas dejarían de ver toda esa “tele basura” que se ofrecía porque era lo que había en la televisión abierta si no invertías en un servicio de paga (hasta si el internet aún es un servicio de paga), sin embargo ahora se puede apreciar en la lista de tendencias de la plataforma digital que lo más buscado y reproducido es el mismo material denotando que son los usuarios mismos quienes “deciden” ver eso en vez de buscar videos artísticos, científicos o intelectuales, ¿pero por qué ocurre eso, porque la gente escoge ese tipo de productos?

La respuesta a estas dos preguntas, que en principio son lo mismo, está en la educación que han tenido, en el entorno cultural en el que se han desarrollado. Las humanidades han fallado o han estado ausentes dejando un espacio aprovechado por el mercado y el consumo que no busca la razón o la reflexión en las cosas, el entendimiento de la realidad, sino generar necesidad y ofrecer respuesta a esa sensación angustiante. La ausencia de las humanidades no se debe a que nosotros decidamos aislarnos, sino porque el espacio es poco y se piensa que su función no resulta práctica para la vida diaria, pero qué tan cierto será ello cuando alguien decide (y puede) pagar arriba de treinta mil pesos por un celular en un país donde el salario mínimo mensual es de dos mil seiscientos ochenta y cuatro pesos. ¿Las humanidades podríamos vernos involucradas en todo ello?

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