Érase una vez Venezuela, Congo mirador

Las aguas turbias de la desolación.

Sabemos que la frase “Érase una vez” en la tradición popular es común para dar inicio a una historia (cuento) por lo regular de orden fantástico, la fórmula nos remite a una estructura conocida con personajes bien definidos en oposición que encarnan lo bueno y lo malo, escenarios idílicos y una enseñanza de orden ética o moral.

Erase una vez en Venezuela - Apócrifa Art Magazine

En el caso del documental: Érase una vez Venezuela, Congo Mirador (2020), de la cineasta Anabel Rodríguez Ríos, ésta estructura clásica se expande y complejiza al elaborar un retrato de la complicada realidad que afronta desde hace varios años el pueblo venezolano.

La ópera prima de la directora venezolana aborda la vida y circunstancias de las personas que habitan Congo Mirador, un pueblo ubicado en el estado de Zulia, en el sur del lago de Maracaibo bajo el relámpago silente del Catatumbo y sobre el mayor yacimiento de petróleo en Venezuela.

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Pese a lo que podríamos suponer dada su privilegiada ubicación, esta comunidad flotante, pues las casas son palafitos sobre el lago, el poblado de Congo Mirador está sumergido en el abandono y corre el riesgo de desaparecer debido a la sedimentación (excremento del diablo) y la contaminación que afecta su sustento de vida a base de la pesca y el comercio.

Esta desfavorable circunstancia es tan solo una de las aristas temáticas que subyacen en la compleja relación de los habitantes, que además lidian con la pobreza, la migración, la corrupción del estado y las divisiones políticas e ideológicas que configuran el retrato del lugar y cuyo panorama se pude traslapar a distintas regiones de aquel país que desde hace varios años enfrenta la paradoja de poseer una riqueza a base del petróleo y la producción de hidrocarburos y al mismo tiempo no poder distribuir de manera equitativa esos beneficios a toda su población.

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En el caso de este “pueblo de agua”, la esperanza de revertir estos problemas se halla en las elecciones parlamentarias en las que ineludiblemente brotan confrontaciones políticas que esconden un trasfondo ideológico.

La película exhibida en distintos festivales como HOT DOCS, Sundance Film Festival, Festival de Málaga o el Miami Film Festival, cuenta con la fotografía de John Márquez y el diseño sonoro de Daniel Turini, que junto a la dirección de Anabel Rodríguez potencializan la estética del idílico e inverosímil paisaje para darnos una historia acuosa que oscila entre lanchas, sedimentos, fanatismos y sueños que se truncan.

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Todos los elementos vertidos en la cinta, nos recuerda que la lucha por mantener a flote un pueblo perdiendo entre las tempestades políticas, el juego de los votos y las rivalidades asentadas en las penurias de los ídolos de barro, más que una terquedad, obedece a la inagotable esperanza humana de salvaguardar su identidad y el lugar del mundo al que pertenece, no importa cuan desfavorable o contraproducente resulte, siempre estamos dispuestos a jugarnos todo por un lugar al cual poder llamarle hogar.

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