Mecánica de la mordedura

Mecánica de una mordedura - Apócrifa Art Magazine
Img – Safin Hamed (AFP)

El arte vive de la discusión, del experimentar, de la curiosidad, de la variedad de intentos,
del intercambio de criterios y de la comparación de puntos de vista.

Henry James

Así se muerde, militarmente, a una víbora. La idea es intentar inocularle un poco de ponzoña humana, desgarrar la piel viscosa como se desgarra un trapo viejo. Intentando que la toxina se diluya en el torrente sanguíneo del inocente animalito y lo inmovilice del todo hasta que la muerte haga lo que sabe hacer. Con un poco de suerte, terminará, nuestra pobre víbora, en el hospital de la zona.

En la recepción, le informarán la estricta política del sanatorio. Aquí los que curan son los enfermos, pues esto no es más que un hospital de sanos, le dirá un enfermero tuberculoso y con los miembros gangrenados.

Como nuestra pobre víbora –que ahora sabemos que pertenece a la especie Vipera Berus, y que solo ataca cuando se siente amenazada–, pedirá ayuda urgente, no le dirán otra cosa más que aguarde su turno, como era de suponer.

En la sala de espera, un grupo nutrido de personas formará un círculo, entre el humo de cigarros y algunos rayos de luz que se vertirán oblicuamente desde los ventanales mugrientos. Se destacarán algunas figuras reconocidas: Roberto Bolaño, Fernando Pessoa, H. P. Lovecraft, Adolfo Bioy Casares, Antonio Tabucchi, Milan Kundera, Clarice Lispector, Enrique Vila-Matas, que simularán conversar animadamente. O más justo sería decir que monologarán cada uno a su debido tiempo, produciendo la impresión de una charla amena, de un coloquio ingenioso.

Así pues, Tabucchi, recordará un fragmento de “Los tres últimos días de Fernando Pessoa”, y dirá con voz engolada:

–Tú serás como yo, de tal palo tal astilla, y durante toda tu vida me tendrás como compañía, porque la vida es una locura y tú sabrás como vivir la locura.

Bioy, mientras acomoda un pañuelo de seda en el bolsillo del chaleco, contestará:–Sólo quien poco espera contempla lo increíble.

Inmediatamente, Bolaño, que parecía ocupadísimo limpiando sus anteojitos circulares, recitará un fragmento de “El Tercer Reich”:

–Al llegar a la habitación me sorprendí a mí mismo repitiendo: está enfermo, está enfermo, está enfermo…

A lo que Clarice Lispector, casi en un susurro, tirando la ceniza de su cigarro a un lado, dirá:

–En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Vila-Matas, sobretodo en mano, gafas de sol importadas, exclamará, entre atormentado y perplejo:

–A veces tengo la impresión de que surjo de lo que he escrito como una serpiente surge de su piel.

Seguirá un abrupto silencio general. En la sala de espera se sentirá una brisa fría, una brisa hospitalaria, podría decirse.

Se oirá el chirrido de una puerta, el entrechocar de unos utensilios metálicos, un llanto lejano y terrible.

Lovecraft se ajustará el sombrero, corregirá un pliegue de sus pantalones, introducirá sus manos temblorosas en los bolsillos. Luego, con suma pomposidad, con una seguridad férrea y un ardor extraño en los ojos, dirá:

–Los monstruos más terribles son humanos.

Nadie se atreverá a contestar.

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