El camino desde mi habitación en el barrio griego hasta el Instituto de Arte de Chicago duró más de una hora. Decidí no tomar ninguna fotografía. No es por el valor que le he otorgado a mi propia voluntad para guardar recuerdos, al contrario, la sensación de saberme perecedero hace que aquellas cosas que no se olvidaron, las asuma más reales por quedarse sin ayuda en mi memoria. Recuerdo haber tomado esa decisión, y recuerdo también esforzarme como nunca en conservar detalles de todos los muros y la gente que cruzaba junto conmigo las calles. A veces cuando pienso en la ciudad, solo veo una masa enorme de color gris atravesada por un rio; o cuando trato de acordarme de la gente que caminaba por las aceras, percibo un juego de colores como el de una serie de luces navideñas que se apaga y enciende a lo lejos.

En medio del tránsito, creía encontrar en el rigor de cada uno de los edificios la cadencia de la ciudad, pero entendí qué mis esfuerzos se reducían simplemente a la deformación de sus características. Tendría que ver todo a la distancia para percibirlo. Aristóteles afirmaba en su Poética, que las cosas pierden armonía al presentarse de tal tamaño que no se puedan abarcar con la vista, impidiendo apreciar la totalidad de su figura, perdiéndose en la abstracción de la forma. Cuando llegué a la Av. Michigan, volteé hacia atrás y me sentí aún más minúsculo y prescindible para el mundo, al observar como los edificios dejaron su constitución individual para asumirse como columnas de un monumento enorme que no lograba abarcar con la mirada.

Me senté en una banca y espere. Como no formaba parte de ningún contingente de turistas mi visita estaría asistida por mi intuición y el folleto guía. Un museo de tres pisos que pretende la comunión de diferentes tradiciones artísticas de la historia. Aun después de siete horas no recorrí todo lugar . Si alguien pidiera hacer una cronología del arte a partir de mi trayecto, iniciaría con los “Nighthawks” de Edward Hopper y terminaría con la ruinas de Hubert Robert.

Nightwalks, Edward Hopper
Edward Hopper, Nightwalks, 1942, óleo sobre tela, 84.1 x 152.4 cm

Habían anunciado el cierre del museo, quedaban quince minutos. Estaba haciendo la obligada visita a la sala 240 donde se exhibe la colección impresionista, Georges Seurat y Claude Monet. Salí de la galería y comencé a caminar por un pasillo largo, arte medieval y renacentista. Sala 218, cuatro oleos enormes. Ahí estaba, el primero a la izquierda, “The Old Temple” (255 x 223.2 cm). Estuve frente a la pintura sin saber cuánto tiempo pasó. ¿Sabes por qué las ruinas de Hubert Robert son exageradamente grandes?, escucho una voz detrás de mí interpelándome. No contesté. -La arquitectura en el lienzo, aun fracturada, representa lo mínimo que somos frente a la historia. Me dice la misma voz que después me dirige a la salida.

The old temple, Hubert Robert
Hubert Robert, The old temple, 1787/88, óleo sobre tela, 255 x 223.2 cm

Soy el último en salir. Bajo las escaleras de la entrada. Estoy en la Av. Michigan y vuelvo a ver los edificios como columnas, inmensos, al igual que las ruinas en el óleo.

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