Cartas que nunca envío

Cartas - Apócrifa Art MagazineEl calor abre el cráneo de una ciudad
y revela su cerebro blanco y su centro de nervios.

Truman Capote

Los domingos se me da por escribir cartas. Cartas que nunca envío, por otro lado, aunque eso no tiene importancia, ya que ése no es el fin. Ya se sabe, lo importante es escribirlas. Y es que, aunque quisiera, no podría: la mayor parte de los destinatarios está muerta. Del resto, hace muchos años que no tengo noticias, con lo que, si todavía viven, es exactamente igual.

Quizás se trate sólo de una manera de pasar el tiempo, como cualquier otra. Pero lo cierto es que el asunto me consume casi todo el día y no descanso hasta que la carta está lista, el sobre bien cerrado y la estampilla bien pegada a un lado del nombre, la dirección y el código postal.

Los domingos se me da por escribir cartas. Y visito los bares del barrio, me emborracho un poco. No mucho, sólo lo estrictamente necesario para reavivar los recuerdos, para que afloren ciertas cosas que, por lo general, están bien guardadas y que sólo parecen surgir al momento de redactar estas cartas de las que hablo. Y aunque soy una mujer que sabe medirse, es cierto que una vez perdí la compostura: aquel domingo que tuve la mala idea despacharme un par de margaritas, pues le escribía a mi hermano Gabriel, muerto de un ataque cardíaco mientras disfrutaba una luna de miel en Acapulco, junto a su tercera esposa, la tal Jenifer, esa víbora siniestra que luego de aquello se instaló en París, según me contaron, claro, y luego de heredar la fortuna de mi pobre Gabriel, siempre tan enamoradizo, tan crédulo él.

O la del domingo pasado, cuando le escribía a mi padre y para ponerme a tono, pedí que me sirvieran un whisky doble y que dejaran la botella, que fui vaciando a medida que se sucedían las páginas de la misiva paterna, que ya rondaba las treinta, para mayor precisión. Y es que, entre otras cosas, le contaba a papá lo de Gabriel, lo de la enfermedad de mamá y el entierro de hace unos días, y que resultó tan sobrio, tan elegante. También lo de la venta de la casa en Montevideo, el diagnóstico terminal del que me enteré en la semana, y que es exactamente igual al que llevó a mamá a la tumba, en fin, todo ese tipo de novedades más bien tristes o un poco deprimentes, que sé yo.

Y es evidente que ya la botella se me había subido a la cabeza, porque las últimas cinco páginas no eran más que recriminaciones e insultos lisos y llanos por haber tenido la poca decencia de morirse de una sobredosis de pastillas y cocaína en el verano del 89, un miércoles de enero, para mayor detalle. Y que todavía recuerdo muy bien, más que bien, perfectamente, diría.

Como dije, los domingos se me da por escribir cartas. Cartas que nunca envío.

Si alguno de Ustedes, queridos lectores, conoce la dirección postal del Infierno, me haría un gran favor al hacérmela llegar. Gracias, desde ya.

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