Arte y vómito

Olvidamos que el arte es un enunciado originado desde el cuerpo. Si el arte viene del cuerpo, ¿por qué no se puede hacer arte con lo que produce el propio cuerpo?

¿Realizar arte con vómito? ¡Cómo! El arte, según nos cuentan, es serio y técnico. Si tiene sentido del humor, tiene buen gusto y no produce asco. El arte y el vómito, de ser ejecutado en una misma situación, sería una mala broma.

Olvidamos que el arte es un enunciado originado desde el cuerpo. Si el arte viene del cuerpo, ¿por qué no se puede hacer arte con lo que produce el propio cuerpo? En efecto, diferentes discursos teóricos, vinculados a las prácticas performáticas de la segunda mitad del siglo XX, han fomentado el incesante uso de secreciones como material artístico (heces fecales, lágrimas o sangre menstrual). La asociación abyecta del vómito con el arte es un relato aparte que no ha merecido atención suficiente.

Aquella condena al arte vomitivo bien podría deberse a la censura ejercida por las buenas costumbres y lo que nos dictan como racional. Muy curioso, no pasa lo mismo en la literatura occidental. Si uno revisa, pongamos por caso, la picaresca del Siglo de Oro español (El buscón, incluso Don Quijote), o incluso las páginas de Rabelais, el lector encontrará destellos de un discurso de lo vomitivo. ¿Por qué no en las artes visuales?

Me parece pertinente recurrir a tres ejemplos de arte vomitivo contemporáneo para ilustrar y complementar mis ideas.

Millie Brown - vómito

El primero, Millie Brown. A los diecisiete años, la artista británica se dio cuenta de que el arte puede ir más allá de la formación tradicional de toda academia, y decidió producir cuadros a la manera del action painting. El giro aquí, por supuesto, es intestinal. Para ello, Brown ingería leche de soya con colorantes. El derramamiento causaba una pieza de colores chillante y estrambótica. Lady Gaga, por allá del 2014, la invitó a realizar un performance con ella durante un concierto. Brown le vomitó encima a la cantante mientras interpretaba Swine.

El segundo ejemplo es mexicano. Se trata de una pieza que hicieron en colaboración Juan Caloca, Jazael Olguín Zapata y Fermín Díaz en el año 2010. Origen y fundación de un proyecto de largo aliento titulado Vísceras de nación; Caloca y compañía, en ayunas, ingirieron jugos frutales y leche. Posteriormente se indujeron al vómito para vomitar los colores de la nación en la plancha del zócalo capitalino. Repudio y burla a un estado en crisis, reiterar el vómito para esos años nos recordaba, sin querer, que nuestro entonces presidente estuvo a punto de guacarear más de una vez, según decían, por las continuas ingestas etílicas. Sorprende del registro en vídeo la tremenda indiferencia de los transeúntes: tal es nuestra relación actual con los emblemas de la patria.

De estos dos ejemplos cabe pensar, además de las implicaciones políticas y de género, la purgación en su posibilidad espiritual.

Yoshua Okón - vómito

Un vómito quizá aún más desconcertante aparece entubado en la instalación HCI (2004) del artista Yoshua Okón, quien conservó varios litros de vómito recolectado de una clínica de pacientes bulímicas a lo largo de un sistema de tuberías instalado en la sala de exhibición. (El espectador desinteresado que no lee la cédula tal vez creyó que era papilla descompuesta.) Metonimia del cuerpo productor y consumidor en desgaste, la instalación de Okón corroe cuestiones éticas, ideológicas y comunitarias al introducir al espectador a un espacio simbólico de licuefacción putrefacto, que es más o menos el mundo neoliberal que vivimos ahora.

¿Rechazamos el arte vomitivo porque asociamos el acto de vomitar con una sensación meramente desagradable? Hay un pasaje en The Bell Jar de Sylvia Plath, por cierto, donde la protagonista sentencia (¡y qué mejor manera de cerrar!): “nada mejor para crear una amistad duradera que vomitar acompañados”.

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