Parasite de Bong Joon-Ho

Sinfonía de un mundo anacrónico.

Merecedora de la Palma de Oro en Cannes, “Parásitos”, la quinta película del Director subcoreano Bong Joon-ho, posee una rara e inesperada belleza. Un ensamblaje fílmico que entretiene, aturde e interesa tanto al público como a la crítica. Y es que pocas veces una película consigue un equilibrio en fondo y forma cuando su trama es un cóctel de géneros llevados a los extremos.

Parasite Bong Joon-ho - Apócrifa Magazine
Bong Joon-Ho, detrás de cámaras (Parasite)

Después de abordar el film policiaco (“Memories of Murder”), la monster movie (“The Host”) y la ciencia ficción distópica (“Snowpiercer”) Bong Joon-ho, regresa después de dos años de su última cinta (“Okja”) con “Parasite”. En esta retorcida ficción cada decisión deriva en un hilarante desenfreno de situaciones absurdas, la cinta se desarrolla en un embrollo de crítica mordaz, humor escatológico, drama psicológico y perfil de clases.

En un complejo enramaje de tópicos, Parásitos, nos narra las peripecias de una familia marginal que subsiste en los suburbios de una ciudad que tanto política, como geográficamente los condena al subsuelo.

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Desde el sótano de una casona pobre, la familia Kim sobrevive armando cajas de cartón y luchando con ebrios que mean sobre su vivienda. Esto parece cambiar, cuando a Kim Woo el hijo, gracias a una recomendación y un certificado falso, encuentra la oportunidad de impartir clases particulares de inglés a la hija de la familia Park (una familia acomodada).

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Situación que el joven Woo, explota para poco a poco infiltrar al resto de su familia en la mansión, suplantando figuras y personas sin ningún atisbo de culpa ni pudor. Como es de esperarse, la vida de los Park y los Kim es contrastante en todo sentido, pero no solo en los espacios físicos que habitan, si no en las motivaciones que los empujan.

Todo marcha según el plan trazado, hasta que por su puesto, este falla. Provocando que las máscaras se derrumben en más de un sentido, para poner en peligro el status quo, que mantiene la jerarquía entre ambas familias-clases.

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La proeza de Joon-ho, está en los giros arriesgados de la trama, que envuelven el relato en atmósferas y géneros diversos que afilan el drama para mantenernos expectantes a los hechos. Las imposturas a la que los personajes se ven orillados a interpretar para infiltrarse, habla más de los estigmas de clase que de las propias acciones.

Al final, en ese juego de espejismos, los parásitos tampoco son quienes, a primera vista se infiltran, si no quienes no pueden vivir su vida sin depender-explotar a los demás, aun cuando los desprecien de forma sublimada.

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En la puesta psico-dramática montada por el Director, se elude inteligentemente los estereotipos de mártir en los desposeídos, pero tampoco busca absolverlos de sus acciones, pues en parásitos, las víctimas pasan con rapidez a ser victimarios. La interacción de ambas familias es un juego de roles perversos y sutiles microviolencias implícitas en los entramados de clases sociales.

No hay un discurso aleccionador, sino una dura crítica a las sociedades modernas en la que la desigualdad es algo tan cotidiano y grotesco como un escusado rebalsándose en medio de la tempestad. En todo caso, entendemos lo absurdo de trazar planes en un mundo anacrónico.

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