Aquel a quien la naturaleza se le aparece como algo muerto, jamás podrá alcanzar aquel profundo proceso, semejante al químico, gracias al cual, como acrisolado en el fuego, nace el oro puro de la belleza y la verdad.

Friedrich Schelling

El movimiento precursor del Romanticismo fue el Sturm und Drang, palabras alemanas que, traducidas a nuestro idioma, significan “tormenta e ímpetu”. Esto supuso una renovación, una manera distinta, mucho más libre y subjetiva, de expresar los sentimientos. Johann Georg Hamann, uno de los iniciadores de esta corriente estética, la naturaleza, que fue de sus temas recurrentes, se percibe a través de sentidos y sensaciones, los cuales se comprenden mejor con imágenes, por lo que el arte, particularmente la literatura, al ser el lenguaje común de la humanidad, está dotada de divinidad.

Una vez que la tormenta devino en sentimiento, nació el Romanticismo, una revolución artística que nos entregó poetas de la pluma y del pincel, creadores de obras tan profundas como icónicas, cuyas letras y trazos ya forman parte del imaginario del mundo.

Naturaleza Romanticismo, Caspar David FriedrichEn este apogeo natural, divino y sentimental, el paisajista Caspar David Friedrich creó en el año 1818, El caminante sobre el mar de nubes (Der Wanderer über dem Nebelmeer), obra que se ha tomado como un referente fiel del Romanticismo y de todo lo que el movimiento implicaba. Montañas, hielo, niebla, bosque, mar, elementos recurrentes en su obra, están dotados de un sentido introspectivo, casi místico, que invita al retiro, a conocer los sentimientos más profundos y, por qué no, oscuros, que habitan en nosotros.

Ese hombre de espaldas, observando las nubes desde un risco, parece poseer todo el mundo, y a la vez, el mundo parece poseerlo a él. Permanece inmóvil, contemplativo, sintiendo ese paisaje interno que lo recorre de punta a punta y que se funde con el paisaje externo. Los pies del caminante se arraigan en las rocas tal como lo hacen los árboles y las hierbas, y al mismo tiempo, su vista flota a la par de las nubes hasta llegar más allá de las montañas, hasta adivinar los secretos del mar de niebla que se extiende ante él.

Ésta, como todas las obras de arte, tiene sus misterios. ¿Es el pintor el hombre que aparece en el cuadro? ¿Qué es exactamente lo que contempla? ¿En qué, o en quién, piensa? Hay infinidad de preguntas cuya respuesta probablemente nunca conoceremos, o, por el contrario, podríamos hallarla en nuestro paisaje interno, en esa porción de divinidad que es la naturaleza que llevamos dentro.