La mayoría de los seres humanos buscamos algo que nos dé identidad y nos distinga del resto. Vamos en busca de aquello que nos represente mejor, que nos haga inconfundibles, inigualables; vamos en busca de aquello por lo cual seamos reconocidos en cualquier parte.

Tal como sucede con An der schönen blauen Donau (El Danubio azul) (1866), de Johann Strauss, que es considerado como el segundo himno nacional austriaco, el Huapango (1941), del compositor jalisciense José Pablo Moncayo García, se concibe como una especie de adenda –más alegre y menos bélica– de nuestro símbolo patrio, cuya letra y música fueron compuestas por Francisco González Bocanegra y Jaime Nunó, respectivamente.

México, Huapango de Moncayo
IMG – Satyrico Negro

El Huapango es una pieza musical muy popular que ha sonado en anuncios de cerveza y empresas que alguna vez fueron paraestatales, y por esta razón es que no siempre se le ve con buenos ojos (o se le escucha con buenos oídos). Blas Galindo en cierta ocasión dijo que no es la mejor obra de Moncayo, pero sí la más mexicana. Y es que cuando lo escuchamos, irremediablemente pensamos en México, en sus paisajes y sus montañas, en sus edificios prehispánicos y coloniales, y en su gente que, sin duda alguna, es el corazón que hace vivir a este país.

En un viaje de investigación musical por Veracruz, Moncayo escuchó un sinfín de canciones originarias de esas tierras, hasta que dio con El gavilancillo, el Siquisirí, el Balajú y El pájaro cú, cuatro melodías que sirvieron como base del huapango para orquesta, una pieza de 8:28 minutos inspirada en el amor por México. El autor tradujo los sonidos característicos de este género −jarana, requinto y arpa− en una obra sinfónica que en cada acorde evoca todo el orgullo y la grandeza de que está hecha la nación mexicana. Su estreno fue el 15 de agosto de 1941, bajo la dirección de Carlos Chávez, quien, en la opinión de muchos, fue quien mejor ha dirigido la pieza en sus 76 años de existencia.

El corazón de México hizo que éste se levantara de las ruinas en 1985, después de aquella sacudida telúrica que dejó una herida difícil de sanar, y que volvió a abrirse en 2017, justo en el aniversario 32 de este suceso. Miles de manos moviendo piedras, miles de brazos acogiendo a los heridos, a los muertos, a quienes quedaron bajo los escombros, miles de personas formando cadenas de vida, empacando víveres, levantando tiendas de campaña, todos en movimiento, trabajando a un mismo ritmo, dándole a México ese latido de vida que lo hizo renacer de sus cenizas como al ave Fénix en aquel momento, y lo mantiene en pie en este presente doloroso que también habremos de superar.

El pueblo de México es famoso por su carácter festivo, por su alegría y por llevar la música por dentro, pero también es conocido por su generosidad, su solidaridad y su buena voluntad al extenderle la mano a quienes necesitan ayuda. Después de los fuertes sismos que dejaron un saldo funesto en nuestro país, el corazón de México late con el mismo ímpetu de la composición de Moncayo, y conforme pase el tiempo, ese latido recuperará su musicalidad, su alegría, su pasión por la vida.

Y sí, llegará ese momento en el que, al escuchar el Huapango, se piense en todo el esplendor de México, pero a la vez, se piense en el latido de su gente, en su corazón.

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