Ebriedad y Lucidez

Milan Kundera - Apócrifa Art Magazine
Img – Paulo Neo

El rechazo fortalece el alma, la mía ya es un mulo.
Charles Bukowski

Dice Kundera acerca de Witold Gombrowicz, un poco antes de ponderar sus dos novelas, “Ferdydurke” y “Pornografía”: «Recomienda a un joven autor que empiece por escribir veinte páginas sin control racional alguno; luego que las relea con agudo espíritu crítico, que conserve lo esencial y siga así. Como si quisiera enganchar al carro de la novela un caballo salvaje llamado Ebriedad al lado de otro caballo domado Lucidez».

El fragmento es parte de un capítulo que el checo le dedica al polaco (nominado cuatro veces al premio Nobel y que vivió casi accidentalmente unos veinticuatro años en Argentina). Y tengo que decir, queridos lectores, que me ha parecido una genialidad, para qué les miento. Me pongo a ello, entonces, porque los consejos de los grandes autores son siempre bienvenidos –sobre todo cuando uno se encuentra un poco perdido– y las riendas de Ebriedad nos son bastante familiares, no vamos a mentir; pero las de Lucidez, esas sí que no tanto. Y lo primero que se me viene a la cabeza es que no tengo espacio suficiente en esta columnita para llenar veinte páginas, ni mucho menos. Pero que así y todo con llenar dos, mínimamente, me doy por bien pagado. ¿Ya ven con qué poco se conforma uno? Sobre todo cuando anda de malas ¿no es cierto?

En fin, que ahora me acuerdo de la frase del gran Hemingway, la que dice: “Write drunk, edit sober”. Que vendría a ser casi la misma idea, según voy entendiendo y la botella se va vaciando y yo escribo y escribo y pienso en que mañana haré una tregua con mi espíritu crítico y revisaré bien todo antes de mandarlo al editor, no vaya a ser que se me escape un texto experimental o anodino, un telón absurdo e insustancial derivado de un consejo tardío –recuérdese que la obra de Kundera es del año 2005–.

Ahora bien, a juzgar por lo visto hasta el momento, el asunto funciona, que ya tengo unas 335 palabras casi sin ningún esfuerzo. Es cierto que no tienen gran hondura, pero tampoco es el mejor momento para que se pongan ustedes tan exigentes, queridos lectores. Pues como ya les dije, ando en la mala, rehuyéndole a los espejos. Y que no sea la primera vez, no significa que no sea jodido, tengan ustedes un poco de contemplación, les pido. Voy pasando los cuarenta y los golpes se van sintiendo cada vez un poco más y el cuerpo rememora, injustamente, todos los anteriores.

Lo importante, entonces, y como decía al principio, sería conservar lo medular. Y eso es lo que está sucediendo ahora, queridos lectores: sigo escribiendo esta columna sin casi darme cuenta de lo que digo. Aunque eso sí, lo suficientemente ebrio y lo suficientemente lúcido para traer estas últimas palabras del maestro Kundera: «El verdadero rostro de la vida, de la prosa de la vida, sólo se muestra en el tiempo presente». Y bueno, pues que resulta que el tiempo presente es éste. Y nada más.

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