Catherine Opie, una mirada queer

Catherine Opie es una fotógrafa estadounidense radicada en Los Angeles, que trabaja tanto en el género del relato como de paisajes. Las imágenes que produce tienen un gran mérito: cuestionar las normativas reguladoras desde una inflexión queer en la mirada.

Opie Donovan, queer

En el año de 1991 desarrolló una serie con el título de Being and Having (ser y tener), conformada por un conjunto de retratos de Drag Kings que muestran la fluidez del género y, en especial, un tipo de masculinidad performada por mujeres que se sitúan en la liminaridad de las convenciones heterosexuales del género del retrato.

Como sugiere la también teórica Drag King Judith/Jack Halberstam en su libro Masculinidad femenina una forma sugerente de indagar sobre las nuevas masculinidades proviene de las culturas butch, marimachas y bolleras, las cuales nos permiten comprender la construcción de la masculinidad más allá de la realizada por los hombres. Si bien el género es performativo, como ha sugerido Judith Butler, un atributo peculiar de la masculinidad realizada por los hombres es su aparente carácter no performativo: mientras que la feminidad es expresada por diversos signos visibles (maquillajes, vestimenta, formas de andar y ocupar el espacio público, etc.), la masculinidad parece querer prescindir de esa serie de muestras visibles de su conformación.

Si la feminidad en las colectividades trans y Drag Queen parecen ser más estudiadas, Opie nos permite adentrarnos en el universo de la masculinidad femenina. Sus retratos muestran un fondo en colores brillantes de donde sobresalen rostros apenas completos, vemos rostros con bigotes o tatuajes faciales y, eventualmente, bustos que parodian las formas clásicas de modelaje. Estas imágenes queer destacan, haciendo completamente visibles, los signos de la construcción de la masculinidad; la cual, como indica Halberstam, es mucho más notoria en las minorías que en los cánones del adulto blanco, heterosexual y propietario que han trazado las historias del arte.

Vemos retratos de modelos bolleras con rasgos orientales, raciales y minoritarios que devuelven la mirada al espectador. De modo que nosotros, que vemos las imágenes, somos interpelados por ella/os, lo cual introduce un efecto de desorientación que revela las relaciones de poder que circulan en nuestras políticas de la mirada. Somos, en cierta forma, obligados a admirar y valorar, en lugar de simplemente objetivar a las colectividades que retan los esquemas de percepción social.

Destaca el hecho de que Opie presenta amorosamente a sus modelos, casi siempre de forma individual, restituyendo dignidad escópica a unos rostros que adquieren un valor panorámico. Incluso cuando logra incursionar en los retratos de grupo, su cámara captura especificidad y singularidad en sus modelos. Lo cual tuerce (queer) las convenciones tanto del retrato (nunca devolver la mirada, sobre todo si se trata de una mujer) como de los retratos de grupo (como los de Rembrandt, que muestran siempre a varones europeos que son socios de empresas con capital activo). La obra de Opie nos permite comprender mejor la diversidad de género de nuestro mundo contemporáneo.

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