Se abre el teatro de la tragedia

En 1995 sale el primer álbum de estudio de Theatre of tragedy, homónimo, bajo el sello alemán Massacre Records, una de las compañías discográficas de Metal del norte de Europa más importantes. A pesar de la calidad del disco, la nueva propuesta ya formalizada de la banda recoge una mediana -y en algunos lugares pobre- recepción por parte del público y la crítica, vendiendo 75,000 copias.

Me refiero a una gran calidad del álbum porque su propuesta superaba con creces la propuesta de estilo, concepto y estética de las bandas con las que ahora competía: adoptando el canto gutural propio del Doom/Death, unía éste a un elemento que, sin ser inédito, no había alcanzado en ninguna banda las mismas alturas interpretativas: la contraparte de una voz femenina soprano, a la cual daba una importancia privilegiada, la voz de Liv Kristine (un estilo vocálico que sería copiado hasta la saciedad por bandas del mismo género a lo largo de Europa e incluso en América). El concepto de estos dos registros vocálicos en conjunto es fácil de advertir: se trata de una síntesis entre lo demoníaco y lo arcangélico así representados. El contraste entre la belleza y la bestialidad de estas dos maneras de cantar produce el efecto estético que ellos habrían de enarbolar como bandera en sus primeros trabajos, efecto que se refuerza por la lírica de los diálogos.

Las canciones de este álbum, escritas por Raymond István Rohonyi en el inglés del renacimiento (Early Modern English), más que canciones, son poemas que acusan de un denso goticismo. Los dos elementos vocálicos alternan o cantan en conjunto según las exigencias del tema. Y estos poemas son muy crípticos, con frecuentes referencias al dolor, la muerte y otras entidades aciagas. Cánticos a veces extensos, llenos de sombra, pesadumbre y patetismo, en los que, sin embargo, la belleza y la ternura se insinúan o revelan. Los riffs de las guitarras que acompaña estos cantos son monótonos, pesados, estridentes; las percusiones son fúnebres; y a veces un teclado de lúgubre acento, desolado, viene a introducirnos al espectáculo de esta negrura o a ambientarla: una orquesta que sume al sentimiento en un sopor tenebroso, pero aterciopelado y lleno de armonía y orden musical, en la que descubrimos, erizados, el misterio de una poesía de la perdición. A este respecto, los títulos de las piezas son por demás elocuentes: “Dying – I only feel apathy”, “Monotonë” (esta última meramente instrumental).

Inolvidable, clásica, es la extensa canción “A distance there is”, hecha únicamente con tres elementos finamente trabajados: un violín, un piano y la arcangélica voz de Liv sobre una ambientación de lluvia: una magistral interpretación de la más lánguida y espesa tristeza, que produce una sensación de oquedad en el corazón de quien la escucha. Una canción que oprime y que recuerda la miseria de lo que ama sufriendo.
En estos términos, con un exquisito gusto por lo mortecino, el teatro de la tragedia había abierto al público

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