Las tradicionales piñatas que muchos concebimos como una creación mexicana, en realidad tienen su origen en China, donde, al iniciar el año nuevo, se elaboraban figuras de animales cubiertas con papeles de colores. Estas representaciones de distintos ejemplares del reino animal eran rellenadas con semillas, las cuales caían al suelo luego de que los participantes de los festejos pasaban uno por uno a golpearlas con palos coloridos; al final, todo lo que quedaba de las figuras se quemaba y las personas se llevaban las cenizas para rociarlas en la tierra de cultivo y que la cosecha fuera buena al llegar la primavera.

Con los viajes del italiano Marco Polo, muchos productos y artículos de oriente llegaron a Europa, entre ellos, las piñatas, que sufrieron adaptaciones y se empezaron a elaborar con ollas de barro forradas de papeles multicolores. Estos objetos poco a poco se integraron a las costumbres religiosas, y tiempo después se convirtieron en una tradición de la temporada de cuaresma.

Posteriormente, con el descubrimiento y conquista de las tierras americanas, las piñatas se convirtieron en un instrumento evangelizador, ya que con ellas se representaban las tentaciones en la olla y los papeles de colores, y los siete picos que les fueron añadidos, simbolizaban cada uno de los pecados capitales.

Con el paso de los años, las piñatas sufrieron modificaciones, como la eliminación de dos picos, o el relleno, que de frutas mexicanas pasó a dulces en su mayoría. En épocas más recientes, la piñata representa al Diablo y el palo a la fe; como esta última es ciega e inquebrantable, a cada participante se le vendan los ojos llegado su turno de pegarle a la piñata. El contenido cae al suelo una vez derrotado el demonio, por lo tanto, es la recompensa por haber vencido al mal.

En 1954, el pintor guanajuatense Diego Rivera, en ese entonces ya de edad avanzada, recibió un encargo: crear dos obras que representaran las tradiciones navideñas mexicanas; éstas quedarían plasmadas en las paredes del Hospital Infantil de México. Uno de estos murales es La piñata, en el cual retrata un juego sumamente popular en nuestro país, pues está presente en miles de fiestas, así como en los festejos decembrinos, en especial en las posadas.

Rivera retomó las bases de la pintura al fresco de los grandes maestros italianos, y la modernizó al agregar materiales sintéticos y de preparación comercial. En este fresco aparecen personas con fisonomía indígena y vestimenta propia de alguna etnia de nuestro país, particularmente de la región maya. Los elementos del mural están dispuestos de forma piramidal con la piñata al centro y los personajes dispersos de extremo a extremo; la perspectiva es centrífuga, por lo que, en primer plano, aparecen los niños que se encuentran más cerca de la piñata, y en segundo plano, los pequeños que no participan de la acción.

Aunque se trata de una escena nocturna, el color predomina, y tanto los rasgos como las manos y los pies de los niños poseen gran fuerza, pero a la vez están dotados de esa inocencia que supone la infancia, esa inocencia de no saber que hay un mundo que en ocasiones los excluye, que los invisibiliza y, dolorosamente, los olvida. Las pinceladas del fondo asemejan llamas, como si en algún modo el artista hubiese buscado una forma de representar el ímpetu y la fuerza que nos caracteriza como pueblo, sin importar si somos indígenas o mestizos.

Con este mural, Rivera buscó retratar a esa raza de bronce de la que hablaban Amado Nervo y otros modernistas, a manera de reivindicación, de reintegración a la sociedad mexicana, a esa sociedad que se ve enriquecida con las diferencias que la diversidad trae consigo. En la escena está plasmado uno de los festejos más arraigados en nuestro país, cuyos colores y significados nos recuerdan de cierta manera que nación es lo mismo que unión, pues cada participante aporta lo propio golpes a la piñata para lograr el bien común que caigan la fruta y los dulces , lo que genera alegría colectiva y un estado de satisfacción, tal vez pasajera, pero muy real, al fin y al cabo.

A pesar de su origen oriental, las piñatas ya son parte de la identidad de nuestro país, y es prácticamente imposible pensar en la Navidad sin que vengan a la mente estos objetos o las posadas en las que generalmente se juega con ellos. Existen muchos elementos de otras culturas que se han insertado en la nuestra, y se les ha añadido el toque mexicano característico, por lo que se convierten en nuevas manifestaciones que fomentan esa diversidad, esas diferencias que, más que separarnos, deben generar la unión y dar cabida a la nación que somos y que siempre hemos sido: México.

La piñata, Diego Rivera
La piñata (1954), Diego Rivera, 350 x 220 cm.
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