Tantas aves como fantasmas

Yolis y yo hicimos el amor con la ropa puesta, iniciamos con los besos, los abrazos y las medias mordidas hasta que todo comienza a darme vueltas.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.

Arthur Rimbaud

Aves fantasmas - Hope Gangloff
Img – Hope Gangloff

Yolis y yo hicimos el amor con la ropa puesta, iniciamos con los besos, los abrazos y las medias mordidas hasta que todo comienza a darme vueltas. No me la creía, ¿quién era, quién había sido yo todo este tiempo, a quién le pertenecía? A Yolanda, siempre a ella. Entonces comenzamos a quedarnos hasta tarde en la oficina porque hay mucho trabajo, y las indispensables me veían con desprecio, el pinche jipster no, ese me veía como si yo fuera un ser inferior. ¡Ya págame, güey! Le dije o le escribí o lo pensé, la verdad es que el fulano me da cosa, es guapo, es flaco, tiene barba y sabe ocupar aplicaciones en su celular, las muchachas lo ven con ganas tremendas, tiene novia sensual y le invita de todo a pesar de ser un huevón. Me da como que envidia pues.

El caso es que Yolis y yo nos quedamos todos los días hasta tarde para meternos a la bodega de libros a besarnos hasta que la cosa se ponga seria y ella se suba en mí y todo se vuelva multicolor y de pronto no aguante más y ¡plash! Lo siento, nena, es que esto es irreal, nuestro amor es irreal, cásate conmigo, que nos case Baudelaire y Rimbaud, y te digan; “puedes destruir al novio”, y así te me abalanzas y exterminas como unas de estas cajas de libros.

Pero ella sólo se arregla la blusa y el vestido y yo me limpio la mancha del pantalón en un silencio cruel, tan cruel como amargo.

No puedo, sigo con Rodri.
Pinche Rodri. Pinche amor, puerco amor.

¿Qué somos, entonces? Quiero preguntarle pero seguro me manda ALV. Así que otro silencio, uno doble, cantinero. Lloro un poquito lágrimas invisibles. Y estoy seguro que se me ve la cara de circunstancia porque ella me abraza y me vuelve a besar. Le quiero decir que no. ¡Detente, culera!. Pero no soy tan estúpido y nos besamos otra vez, es el beso número doscientos noventa y nueve de la semana. Le aprieto una chichi, me aprieta las nalgas, nos apretamos los corazones y una mano explora en su falda.

No, dice. Y estoy de acuerdo, pero internamente quiero un sí a todo.

Regresamos al trabajo. ¿Qué diablos, a quién putas le importa el trabajo?: A los miserables, a los que no tienen un amor impoluto como el mío.

Luego viene Rodri, con los ojos brillosos por tanta pinche coca. Se me queda viendo como si yo fuera un pedazo de mierda. Ella se despide sin verme, recoge sus cosas y se va del brazo con él. Yo prendo un cigarro, estiro las piernas sobre el escritorio y cierro los ojos mientras pienso; esto deben sentir los detectives.

“’Tantas aves como fantasmas’, ‘Tantas sombras como recuerdos’. Títulos vergas para mi próxima novela policiaca” 0 Rt., 0 Fav.

Al otro día todo es igual, aprieto teclas al azar, leo el diccionario sin comprender nada, remarco lineas en busca de viudas y callejones. Y recuerdo que tengo sueños pendientes. De niño quería ser bombero hasta que me quemé con la plancha y me quedó una cicatriz lisa en el brazo. Luego quise ser policía, pero entonces mi mamá se casó con un judicial. Fueron diez años de correr por las noches a buscar refugio en el armario. Un día mi padrastro le ganó la bebida y tocó fondo. Lo amarraban a la cama porque por las noches se convulsionaba. Entonces yo me acercaba y le decía maldiciones. A la mañana siguiente me sentía mal porque Dios todo lo ve y desear el mal es como hacerlo. Así un día dejó de temblar y se calmó y mi mamá le perdonó todo y él prometió nunca más volver a beber ni pegarnos. Ella le creyó. A mi nunca me creía, pero cuando se trataba de él, era como si todos los demás fuéramos cosas que no ven, no hablan, no sienten.

La primera golpiza después de las promesas fue la peor. Recordó todas mis palabras que le susurraba mientras temblaba y sudaba frío. Me sostuvo y azotó hasta cansarse. No lloré, ni grité. No quise darle ese gusto. Entonces sacó su pistola y me la puso en la frente. Dime, ¿te crees muy valiente? Apretó mi cuello. Una lágrima pusilánime me traicionó. Eso pensé, dijo y se guardó el arma y continuó bebiendo como si nada.

Madre un día se hartó y lo corrimos de la casa con ayuda de los vecinos y unos palazos que le propinamos. Diez años me sirvieron para saber cuándo una persona no la está pasando chido en su relación. Mi Yolanda, mi pobre Yolanda, no sabe cómo salvarse, ya ha comenzado a apestarse el miedo.

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