Un lunes por la mañana

Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; 
es la pérfida lógica del neoliberalismo 
que culmina en el síndrome del trabajador quemado
Byung-Chul Han

¿No les pasa que despiertan con el agrio sabor de la depresión entre sus párpados? ¿Y lo único que alcanzan a rezar son malas palabras para el mundo que gira desinteresado?; amenazas para un pueblo que bosteza mientras cambia de página al periódico. Y aún así se levantan y encienden el boiler.

Ese fue mi primer lunes de vuelta al trabajo.

Mantenía la cabeza tan agachada que los gatos podrían treparse y lavarse las patas sobre mi joroba. Me lo advertí; no te levantes, quédate donde estás, no abras los ojos, no respires. Pero valieron madre mis amenazas de vida, me desobedecí y jale aire, me enfundé en mis vestidos y salí a la calle. Tan deprimente como cualquier canción de Chris Cornell.

“Hoy he venido al trabajo esperando que se estrellara la micro”, twitté, pero nadie le dio like. Sólo hablan de elecciones. Desafortunadamente el viaje al trabajo fue tranquilo, incluso hizo menos tiempo del habitual y el chofer era de esos entes que tienen cambio, saludan con una sonrisa cuando uno sube y se esperan a que uno tome su lugar para arrancar. Pinche optimista. Y yo con mi mal humor, agradeciendo a regañadientes. De lo que tenía ganas era de una pelea, de una catástrofe, de un malentendido que desahogara mis penas absurdas, frívolas. Nada, hasta parecía que las aves tenían un vuelo sincronizado. Chale.

Lunes por la mañana
Ilustración: Sam Vanallemeersch

Entonces llegué a la Corporación del Mal y chequé mi entrada con el dedo medio. Apareció Mayra con su aterrador escote tras la recepción. Sus uñas eran muchas cosas. ¡Pero qué cara, manito! (todos somos “manitos”), ni parece que vengas de vacaciones –dijo, en una falsa preocupación. Pues es por eso, Mayris, porque las vacaciones se acabaron –le respondí, pero en realidad quise decirle: Hoy tengo ganas de llorar y no puedo. Aprieto los ojos. Hago cara de pujido. Miro al sol. Nada. Las lágrimas jugando adentro, queriendo salir pero sin asomarse a la ventana. ¡Qué mierda! Llora, no seas puto. ¿A dónde se fue el imaginario llanto del corazón de este hombre imaginario? Recuerdo mi tristeza, que no era poca cosa, recuerdo la tristeza ajena, la soledad esta, que ando encima de mí como un costal de arroz que no se derrama. Entonces aparece el mundo; viéndome caminar con mi cara de papa, con mi lomo al que le pesa el cielo. Soy un hombre triste que no puede llorar.

Ay, pues sonríe, que el día apenas comienza. Te quiero, amigo –respondió y me dejó marcado un beso en mi mejilla.

“Me caga la gente que para todo dice: ‘amigo, te quiero’. Por favor, mátalos Freddie Mercury.” Twitté = dos likes.

Entonces cuando entré a la oficina se escuchaba el chismorreo. Me lleva –pensé, pero cuando alzas el rostro siempre pasa; un golpe de vida. La vi. A Yolanda, la nueva. Mi Yolis. Con su cuerpo optimista. Te amo, le dije. Y rieron Lady Indispensable y Lady Imprescindible. “¿Vienes drogado de nuevo?” alcancé a escuchar. Pero entonces hice lo que debí hacer desde un principio y me escondí debajo del escritorio.

Etiquetas de la nota
, ,
Escrito por
Más de Ricardo Arce

Pitonisa

Narananana naranana, narananana naranana, ella camina despacio, no sabe a dónde ir,...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.