Pitonisa

Narananana naranana,
narananana naranana,
ella camina despacio,
no sabe a dónde ir,
la lluvia sigue su paso
mientras ella vuelve en sí.

Plan B, Rinno.

Pitonisa Relato
Img – Ana Godis

Para mí es fácil suponer toda clase de situaciones. Lo hago de manera inconsciente, si alguien me mira raro, si dejan de hablarme por algún tiempo, o si cuando los veo se cruzan de calle; lo sé, algo se traen conmigo.

Mis suposiciones generalmente son certeras, como de un 80% de asertividad. Todo eso depende de mi estado de ánimo que es bien extraño porque aunque casi siempre ando de malas y odiando al que se mueva, hay días, como estos, que estoy así como quién sabe cómo –dicen–, chipil, sensible, ay, ya saben, en mis días.

A los hombres también nos dan, debe de ser, pero como somos particularmente brutos pos no les prestamos mucha atención. Eso me lo dijo una amiga que le hace al esoterismo y sabe mucho de la vida y del universo. Con ella fumo un churro una vez al mes. Nos vemos en su casa que tiene un jardín muy de Cuerna, con alberca, pastito, buganvilias rojas y moradas y un ciruelo poca su madre.

Yo me encargo del monchis; vino, helados, dulces y papas. Ella sabe todo de mí y no porque sea adivina, sino porque se lo cuento, aunque estoy seguro que antes de que se lo diga ya sabe qué pedo. Me dice, “no me digas nada, lo sé, traes malos aires, deja te los quito” y se frota los dedos índices con unas gotas de esencia y después me masajea en mis sienes. Hay días que chillo –como estos– y me le suelto en sus brazos delgados y musculosos. “Ay, mani, ¿qué te ha dado esa mujer?”

Este domingo nos vimos. Me quería presumir unas runas nuevas, bueno; nuevas para ella y viejas para el resto del mundo. Siempre hacemos lo mismo, me echa las cartas, me lee el café, observa las líneas de mi mano, o algo así y luego nos sentamos a hablar y hablar entre el humo del porro. Tomamos vino y reímos como idiotas. Una vez no nos podíamos mover y nos agarró la lluvia, “disfruta la lluvia, mani, es un regalo del mundo”, al otro día tenía un catarro para odiar al mundo, pero estuvo padre. No como ahora que ando chillón.

–Veo una mujer como el fuego. Pero es un fuego triste, como amarrado por remolinos de aire y te veo a ti afuera, el fuego y el aire te golpean y puedes irte de ahí pero parece que tus pies son de madera, como un árbol de raíces frágiles. Sal, Marcos, sal de ahí.

–No sin ella –le digo.

–Tienes que soltarla te pueden hacer daño –dice y fuma y saca el humo y del humo sólo puedo pensar en el estúpido Rodrigo.

–No sin ella –le digo y el cielo de la tarde pasa de un poderoso azul a un rojo carmín. Las hurracas hacen su desmadre entre los árboles y algo nace en mí como una maldición. Penélope me mira y me da un abrazo maternal, me dejo hundir en sus senos plásticos y sus manos fuertes me acarician el cabello. Penélope llora conmigo, y así los dos nos quedamos fumando en silencio, mientras algo, muy por encima de nuestro entendimiento celebra la vida.

He quedado de verme este sábado con Yolanda en mi departamento y he puesto la tristeza en pausa. Es un día especial, por eso salí a comprar cosas para limpiar mis ocho metros cuadrados. Jergas, jaladores, trapos, cepillos, pino, cloro, velas aromáticas, cortinas nuevas, vino rosado y preparé pasta con tocino y champiñones. Me hice de una camisa y un pantalón nuevo en Copel. Puse flores. Bañé a mi gata y se puso como un peluche esponjoso.

“Tócame, tócame mucho; quiero andar chido” 5 Rts. 6 Favs. 1 Comnt

Acomodé el sillón en tres posiciones distintas. Me fijé que la peli que compré se viera bien. Me masturbé un par de veces (para no estallar a la primera), enfrié el vino, revisé las copas, le subí el tono al cel, avisé a mi madre que iba a andar ocupado para que no me hablara, miré la hora unas veinte veces cada cinco minutos. Le escribí. Me arrepentí. Le mandé un emojí con una cara sonriente y dientona. Le mandé otra con un gato con ojos de corazones. Otra con la lengua de fuera. Una sonriendo. Una más mirando abajo. Le llamé. Le dejé recado en el buzón. Quise salir, pero pensé en muchas cosas. Me quedé en la puerta de la calle. Miré y miré mi teléfono. Fumé diez cigarros. Di vueltas por el departamento. Subí a recoger la ropa del tendedero. Dos horas después de la cita ya estaba preocupado.

Nada.

Alguien llamó. Número desconocido.

–Hola, Marquitozh.

–¿Rodrigo?
 –El mismo, pero zé que no ez a mí con quién quierez hablar.

–¿Yolanda? No le hagas nada, si le haces algo te juro qué…

–¿Que qué, pendejo, qué me haráz? Yolanda ez mía.

–No, Yolis no es de nadie.

–Mía, dije. Pero zoy muy buena perzona y quiero que te dezpidaz de ella… ¿Marcos? –su voz como una lluvia dolorosa, como un canto cruel, como una tarde sin ella– Marcos, no te preocupes por mí, voy a estar bien, lo nuestro fue un accidente. Por favor, no te preocupes. Ya hablé con mis papás, Marcos, ya hablé con la jefa, voy a estar bien. Amo a Rodri y me voy con él, Marcos, por favor olvídame: yo no te amo.

Mentía.

–¿Dónde estás? Iré por ti –dije.

–Iré por ti –dije.

–Iré por ti –dije.

–Iré por ti.

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