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Holger Lippmann, codificando la geometría

Muy dentro, en lo más recóndito del ser, donde aún se encuentra el pintor, subsisten las figuras geométricas esenciales, el círculo, el triángulo y el cuadrado, la percepción de lo abstracto.

Holger Lippmann, estudió Arte en Dresde, el impulso vital le llevo a una formación plétorica en el mundo del Arte. La Academia de Arte de Stuttgart, el Instituto de Estudios Avanzados en Bellas Artes de París, el Instituto de Tecnología de Nueva York y el CIMdata en Berlín.

Pionero en el arte electrónico gestado en la década de los 90 en Alemania, Lippmann marcó en una cartografía un destino ambiguo, una ruta X Y hacia el finito donde sus necesidades expresivas lo encaminaron a forjarse como un sensible orquestador de código binario, un artista que trabaja en colaboración con un sistema de algoritmos, operaciones lógicas, entradas y salidas de datos.

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Atrapado en el código, Lippmann se siente prolífico, genera redes neuronales de patrones geométricos, glóbulos de diámetros ajustables, glóbulos que se superponen, se condensan, se atraen, se comen lentamente entre sí. En la mente y ejecución, los grados de complejidad son difíciles de separar, las necesidades estéticas se asocian con un sistema que debe operar con cierto grado de autonomía; se produce entonces una tecno-estética empalagosa no cuantificable, un ente abstracto y secuencial.

En un proceso que podría denominarse pintura generativa, se ejecutan ensayos que en su aleatoriedad se benefician de posición, tamaño, dirección, rotación y opacidad de partículas de contornos vectoriales; pigmentos de límites predefinidos que legitiman los mundos de un artista, de Holger Lippmann.

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