TXT Brisa Barbosa – IMG Satyrico Negro  

Dar la cara. En sentido literal. Despojarse, revelarse, dejar de alimentar la fantasía. No es el final: solo el adiós del alter ego.

hermanos dinamita

Nunca más portar la cosa más preciada. “No sólo mostrará su rostro, tendrá también que revelar su nombre”, sentenciaba el Dr. Alfonso Morales al final de la lucha que narraba por televisión aquel 21 de septiembre de 1990. El afiche que anunciaba la lucha máscara contra máscara celebrada en la Arena México, quedaría como vestigio de ese nunca más.

La arena abarrotada, los asistentes abandonaron sus butacas y se fueron sobre el escenario, en ese espacio llamado “tarima de protección” que rodea el ring. Sobre el cuadrilátero, la prensa se apretujaba para capturar el momento. Arriba, un hombre se resistía, manoteaba y alegaba, mientras todos se le iban encima. El verdugo, después de todos los aspavientos necesarios para celebrar la victoria, ante las exigencias de la muchedumbre, se le acercó para intentar arrebatarle la identidad ficticia: al fin y al cabo era su derecho, la había ganado y la pondría junto a otros treinta y seis trofeos parecidos que tenía en su haber. Sumaría otra máscara obtenida sobre el pancracio. Eso sí, sería la cuarta más importante.

El anunciador, como le llamaban a ese hombre vestido de frac de voz ceremoniosa, se le acercaba al derrotado, intentando convencerle de que era el momento, que tenía que revelarse ante la audiencia, “como todo un caballero” le insistía.

Esa fue la última vez. Quien sabe si los enmascarados que se jugaban la identidad, reflexionarían en el vestidor sobre esta sentencia mientras ajustaban las cintas por la parte trasera del cráneo y anudaban las puntas en la nuca. Más de veinte años después, perdida la inocencia de aquellos años adolescentes, me da por pensar que más que reflexionar, a lo mejor lo que hacían era despedirse de su máscara. “Al fin que todo estaba arreglado” me decían siempre los mayores.

La parafernalia, siempre presente en este tipo de espectáculos, comenzó cuando el Rayo de Jalisco Jr (en lo sucesivo llamado solamente Rayo) hizo su entrada al escenario mientras el mariachi tocaba El son de la negra; sobre el ring, lo esperaba ya Cien Caras quien haciendo honor al bando rudo le arrebató el guitarrón a uno de los músicos y se lo azotó en la cara. El Rayo yacía lastimado sobre el piso y Cien Caras lo instaba a subir al ring. El público abucheaba al rudo y una niña alentaba al técnico para que se recuperara y comenzara la pelea.

El silbatazo inicial. El referee Gran Davis comenzó el conteo que obligaba al Rayo a subir al ring. Fue una caída corta: aprovechando el desconcierto por el guitarrazo, Cien Caras le “tupió “ y en menos de un minuto, sacó la rendición del otro con una llave llamada “abrazo del oso invertido”. De tan rápido, fue solamente “gracias a la magia de la repetición” como le llama el narrador Miguel Linares, que puede verse como el Rayo es levantado en peso (llave nada fácil, considerando que pesaba fácilmente más de 100 kg) y apretado por la espalda hasta que con el movimiento característico de manos señala su rendición. Se lleva el primer episodio Cien Caras y celebra en una de las esquinas del ring, trepando a la primera cuerda y estirando los brazos. El abucheo es general.
Dos de tres. Entra al quite en la narración televisiva Arturo Rivera (odiado y amado por igual por su frase “guácala de pollo”, que bien podría incluirse en una lista de frases generacionales). Comienza describiendo como Cien caras (en un acto que debería tener copyright en el bando rudo, pues está presente en todas las peleas ) le da una patada de fault al Rayo quien, a la usanza de los técnicos se retuerce y se lamenta por todo lo ancho y largo del ring y reclama al referee quien a su vez, niega todo ante el repudio del respetable.

Le sigue una serie de maniobras y patadas voladoras hasta que el Rayo derriba a su rival y una vez en el piso le propina una sucesión de “topes” (lance que hiciera famoso su padre, el consagrado Rayo de Jalisco ahora fungiendo como su entrenador ) y lo pone de espaldas al ring. Conteo de tres por parte de Gran Davis y el segundo asalto es para el técnico.

Acérrimos rivales. Comienza la tercera caída. El Dr. Morales hace un recuento de la rivalidad entre los luchadores, que databa de hacía cuatro años. Originarios de Jalisco, ambos llegaron al Distrito Federal para hacer carrera en la lucha libre profesional. Compartieron casa “por el rumbo del aeropuerto” recuerda el comentarista. Cada uno por su parte llegó a ser campeón nacional de peso completo. Al respecto, hay que señalar que con una altura superior al 1.80 m, tenía mejor físico Cien Caras, pues a decir del lenguaje coloquial, el Rayo poseía más “cuerpo de luchador”.

Recuerda Morales, que cuatro años atrás, en esa misma Arena México, cuando luchaban como técnicos y parecían ser compañeros entrañables, Cien Caras desconoció al Rayo. “La noche de la amnesia” le llama el comentarista, Cien Caras se pasó al bando rudo. Fingió simplemente no saber quien era el Rayo y no le permitió dirigirle la palabra nunca más. Es por ello que ese enfrentamiento de máscara vs máscara fue durante mucho tiempo la pelea más esperada entre la afición.

Siguen las maniobras en el ring. Cien Caras le aplica la cavernaria pero no logra la rendición del Rayo; tras reponerse, con patadas voladoras logra sacar al rudo del cuadrilátero, después se lanza sobre éste y quedan los dos sobre el piso. Davis comienza el conteo reglamentario para que suban los luchadores. Arriba, aplicándose distintas llaves, se ponen en distintas ocasiones uno al otro de espaldas a la lona, pero cuando la cuenta del referee va en dos, logran levantarse. Momentáneamente, en un juego de cuerdas, Cien Caras toma al Rayo y lo levanta, pero éste se zafa y lo tumba, lo inmoviliza y después de tres palmadas sobre la duela por parte de Gran Davis y coreadas por el público termina la lucha.

De la sombra a la luz. El público enardecido, pedía la máscara de Cien Caras. Esa noche de septiembre quedó inscrita dentro de las más memorables en la historia de la lucha libre mexicana. El luchador se resistió cuanto pudo. La tradición indica que al despojarse de la máscara, el vencido tiene que identificarse, proporcionando su nombre. A partir de entonces, será conocido como tal. “Hay hombres que con la máscara lo pierden todo” comentaba en la narración Miguel Linares. “Otros logran identificarse plenamente con el público, quién sabe cual sea el destino de este luchador”, se preguntaba. Y hacía énfasis en que “al darse a conocer él, terminará descubriendo la identidad de sus hermanos”, para darle más dramatismo a la historia.

Desesperado, el Rayo intentó quitarle a la fuerza la máscara. Se hicieron de palabras, de manotazos, pero la sentencia era clara. Ante el clímax de la afición, con los reporteros gráficos encima, por fin decide él mismo retirarse la máscara. Se oyó un clamor en toda la arena, el anunciador, con ese tono característico, como de niño gritón de la Lotería Nacional, exclamó “El luchadoooor, Cien Caraaas, dice llamaaarse Caarmelo Reeeyes”. Fue el comienzo de otra historia.

En un ambiente saturado de color y diseños barrocos, era de destacarse lo minimalista de la indumentaria de Cien Caras. Junto a sus consanguíneos, Máscara año 2000 y Universo 2000 conformaron el legendario Trío Hermanos Dinamita. Mientras lucharon bajo ese mote, usaron siempre el blanco y negro en sus trajes: calzoncillo y botas blancas, mallas negras.

Una máscara elegante, sobria, la de Cien Caras. Bicolor, era de lycra blanca en los costados, razo negro la tapa del cráneo y el contorno de los ojos, que simulan la silueta estilizada de un murciélago, en aplicación de charol. Aquí una crónica de cómo perdió su máscara.

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Cien Caras, hermanos dinamita

Máscara año 2000, cubría su rostro con una confección con fondo en blanco y negro y la careta con aplicaciones tribales que parecían formar un test de Rorschach en vinil negro. Perdió la máscara ante el Perro Aguayo.

Máscara año 2000, hermanos dinamita

Por su parte, Universo 2000, fusionó los diseños de las máscaras de sus hermanos y utilizó una con aplicaciones en vinil negro sobre fondo blanco. En cada ojo hay un antifaz independiente con grecas estilo tribal. Lo desenmascaró Canek.

Universo 2000, hermanos dinamita

 

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