Crónica del llanto en la oficina

Tú sabes bien que Dios arranca los ojos de las flores, pues su manía es la ceguera.
Vicente Huidobro

Hay ocasiones que me escondo en el baño de la oficina para chillar. Pero supongo que se escuchan mis sollozos en los demás privados, o en los mingitorios, o afuera, en los pasillos, porque cuando salgo siento la mirada morbosa de las compañeras, pero al enfrentarlas miran hacia otro lado, sólo les falta chiflar u observar su reloj imaginario. No importa, estoy bien. Ustedes están mal por negarse a las emociones, por compadecerse, por no saber abrazar.

“Esta tristeza me ha quitado hasta las ganas de masturbarme.” 0 Rts, 0 Lks.

Cristóbal Fortúnez
Img – Cristóbal Fortúnez

Cuando ando así; dibujo. Dibujar apendeja la tristeza. Lo malo es que mi escritorio está de frente a la única ventana de la oficina. ¿Y si me aviento? Me convenzo de la pésima idea respondiéndome que no he visto lo del seguro de vida, ni un peso al Estado, me digo.

Y es que son tiempos feos en Morelos. Bueno desde hace mucho, pero ahora más. Tanta violencia, tanta impunidad, tanto maltrato. La oficina se ha vuelto loca porque la paranoia de que nos van a correr está de a peso.

Creo que todos miramos con cierto deseo la ventana para hacerle como en Birdman. Pero nos aguantamos. Más quisiéramos prenderles fuego a las cosas y bailar desnudos alrededor de las llamas. No lo hacemos. Lo que ya se nota ahora es el rencor descarado. Se odia al vecino sin tacto alguno.

Y en ese sentido debo de confesar que yo odio a Letizia porque es tonta como un zapato, y además de eso es jefa de una oficina para ella solita. Se distrae tanto que ha perdido su sombra en repetidas ocasiones. Luego se les ve a ella y a sus lambisconas hurgar entre escritorios en su búsqueda. Supone todo el tiempo que alguien dijo algo de ella, que le contaron por ahí y, pues claro, ya se anda asesorando con un abogado para proceder ante las calumnias. Ojalá que la atropellen.

Y luego me siento pésimo por mis pensamientos, y espero el arrepentimiento y no, no llega. Ojalá que la atropellen porque es una mala persona.

La he imaginado pasar sobre la avenida con su caminar de trompo y de pronto ¡zas! Un carro fantasma es abollado. La gente corre y yo me río. Gente buena, gente mala, de todos hay.

Pero volvamos. He llorado mucho. He pensado en la muerte como una alternativa. Extraño ver el pie desnudo de Yolis jugar al equilibrista con su zapatilla. Morder su lápiz. Y escucharla repetir de memoria poemas de Sor Juana. Yo prefiero a Huidobro, sobretodo Temblor del cielo, cosa gloriosa que divide al hombre, que disfruta la agonía.

Antes pensaba que podría ser poeta, pero la poesía no es sencilla, requiere algo más que sentimientos furiosos y yo sólo tengo eso, rabia, miedo y una tristeza que apenas cabe en el baño de la oficina.

Etiquetas de la nota
,
Escrito por
Más de Ricardo Arce

Carta incurable de un padre derrotado

Ya no crezcas, no te enamores, el amor nunca es silencio, siempre...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.