Contigo, ¡jamás!

He decidido olvidarme de Yolanda de una vez por todas. Me lo dije y lo repetí en voz alta, me lo escribí en la puerta del refrigerador e hice una plana de ello: “Contigo, jamás. Contigo, jamás. Contigo, jamás”. Ya no te quiero, Yolanda...

Mi ego va a estallar
ahí donde no estás
oh, los celos otra vez.

Crímen, Gustavo Cerati.

 

He decidido olvidarme de Yolanda de una vez por todas. Me lo dije y lo repetí en voz alta, me lo escribí en la puerta del refrigerador e hice una plana de ello: “Contigo, jamás. Contigo, jamás. Contigo, jamás”. Ya no te quiero, Yolanda, eres un fantasma para mí, uno que me ronda cada que cierro los ojos y me repito “nunca más”. Vete, Yolanda. Desaparece. Así fue como después de cinco días pude dormir sin pensarla tanto.

Le escribí un poema por eso de cerrar ciclos:
“Vengo a decirte/ que me he curado de ti/ de toda tú/ estoy sano/ casi a salvo/ de toda tú/ podría besarte y no morir/ porque estoy curado/ como el pulque/ como el tepache/ como el cáncer pulmonar o mi hepatitis A./ Sólo te llevo en la sangre/ en los suspiros/ no es nada/ entiende/ no siento nada./ Soy un curado de ti.”

Para olvidar a alguien es necesario otro alguien, comenzar una relación nueva. Tengo muy malos consejos, este es el que peor me ha funcionado desde siempre. Así es como llegó Rita, mi gata, cuando su antecesor, Arigato, salió por la ventana como un Peter Pan peludo y con cola para irse a la tierra de Nunca más. Todos se han salido en alguna ocasión por esa ventana; amigos, compañeros de trabajo, amantes, mi padre, y ahora estoy por empujar a la pinchi Yolis.

Aunque reconozco no será una tarea fácil; ella es una diosa del Pacífico. Su piel acapulqueña quema lo que toca y a quien la mira. Desde Yolanda (DY) he llegado temprano a la oficina sólo para respirar su aroma y ella lo sabe, disfruta verme tartamudear cada que me le dirijo, se ríe en mi cara y termina destruyéndome cuando me acomoda el cuello de la camisa o espera a que le abra la puerta y sude el Nilo por mis axilas al pasar a mi lado. Lo sabe, si me pidiera que asesinara, que caminara sobre el agua, que le quitara el bastón a un viejito y me riera de su desgracia, que me sacara el riñón y se lo ofreciera como un pisapapeles, lo haría, lo haría todo, cualquier cosa.

Por eso sé que no estoy bien, que no es sano pensar en alguien así, de venerarla como lo hago. Pero tampoco puedo odiarla, no tengo razones para hacerlo, ella sabe que estoy bien pinche, todo mundo lo sabe, ¿por qué andaría con un tipo como yo? Las hay; personas que no son interesadas. He visto tipas feas con tipos guapos y simpáticos, y viceversa, parejas que sólo se quieren para coger, parejas que no se cogen, parejas que hablan todo el tiempo, parejas donde sólo uno habla, parejas que se ejercitan juntos…
“Parejas que se visten igual, éstas, Dios; extermínalas, haz que sea un pecado.” 2 Rt., 4 Favs.

Me pasa, veo parejas por todos lados, tomadas de la mano, discutiendo, sosteniendo flores y globos, besándose en medio de la banqueta sin importar la prisa constante de la tierra por darle la vuelta al sol. Parejas, malditas parejas. Entonces recordé a la Itzel. Le marqué:

—Hola.

—¿Y ese milagro?

—Ots.

—¿Cómo estás? Además de lo obvio.

—Siempre serás el mismo tarado.

—Acéptalo: te gustó. Es que me acordé de ti.

—Han pasado tres años.

—¡Toda una infancia!

—Ya me casé.

—Lo siento tanto.

—¡Idiota!
 ¿Nos vemos?

—No sé, no creo.

—Sólo para platicar.

—¿Sigues tartamudeando?

—Cuando chupo.

—Hum.

—¿Te gustaría?

—No sé.

—Anda, a las 7 en el León Dorado.

—Ash, te odio.

Fotos del matrimonio. Él esto, él aquello, la felicidad, el aburrimiento, la maternidad que no llegaba. El trabajo estable. La vida estable. La estabilidad con patas. El sexo programado. Yo también te extraño. No, contigo, jamás. Sí, ya sé. Antes no era así. Te amé. Yo también. No sé si nos volveremos a ver. Yo tampoco. Que sea la última vez. Sólo para recordar viejos tiempos. Un dedo en una mano. La tarjeta de crédito en un hotel de paso. También unos condones. La dificultad para desnudarse. Para mostrarse a otro. Y bueno, ¿cómo has estado? Ja, qué babas. La luna enrojecida como ojo de Thundera. Torpe con los dedos como alguien que nunca ha comido arroz chino con palillos. Torpe con la lengua, con los botones, con el ritmo, con la vida misma. La tranquilidad para lamer la espalda, el cuello, las orejas, el tiempo necesario para soplar levemente y esperar a que los poros hablen de amor. Así perdí la cabeza por una mujer, la hundí hasta no saber que era de ella ni de mí. Y entre la oscuridad de mi alma apareció Yolis, suplicando ayuda, pidiendo ser rescatada.

—No debí hacerlo contigo.

—No estuvo tan mal.

—No debí hacerlo contigo.

—Te juro que es la primera vez que…

—No debí hacerlo contigo.

—Chale, no digas eso.

—Voy a pedir un uber.

—Escríbeme cuando llegues a casa.

—No debí hacerlo contigo.

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