Caos

Ta-ta-ta-ta-ta ya-ya-ya
Echemos abajo la estación del tren
echemos abajo la estación del tren
echemos abajo la estación del tren
echemos abajo la estación del tren
demoler, demoler, demoler, demoler…

Demoler, Los Saicos.

Anoche se me pudrieron los huevos, se agusanaron las bolsas llenas de basura, encontré cadáveres de cucarachas dentro del refrigerador, la cafetera, el lavabo y entre los libros. He formado torres de ropa sucia y ropa no tan sucia en mi recámara, apenas tengo un espacio en el colchón que ha sido habitado por restos de papas fritas, cervezas, refrescos, revistas, libros, calcetines sucios, boletos… Mi panza supera los 90 centímetros, los pantalones me aprietan y cuando me agacho se rompen. La calvicie se incrementa, todos los días despierto enfermo del estómago y hay veces que no puedo dormir por culpa de la gastritis, el cigarro sólo repele al cielo baldío. Algunas noches me quedo dormido con la ropa puesta y despierto misteriosamente en el sofá de la sala con el televisor encendido y restos de mota en el cenicero. Me baño por inercia, llego al trabajo por inercia, sonrío por descuido.

Es que nadie me quiere. Voy a estar solo toda la vida. Duermo tan poco que hay momentos en la mañana que no entiendo cómo es que llegué a ciertos lugares, como si me teletransportara. Miro mis ropas y trato –de verdad que lo hago– de recordar el momento en que la elegí y me vestí, pero el tiempo sólo me lleva al recuerdo de la regadera y a su caricia de lengua líquida; ¡Qué ricura! Me he vuelto como esas personas que tienen vidas simples, mundanas y aburridas, que enfocan toda su energía en asuntos que no van hacía ningún lado, que no otorgan beneficio alguno. Y sé que eso no está bien.

“Mátenme, que yo no puedo”
1 Rt., 3 Favs.

Estaba pensando en eso y aquello que no he hecho y debería hacer; venía la feria de libro en el pueblo. Será un desmadre. Al único que mandan es a mí. Chale. Las indispensables y la Yolis no salen a ningún lado y los otros dos hípsters se me adelantaron en decir “zafo”, puta madre. Pensaba pues y mis ojos se cerraban, y todo iba hacia la Yolis, sus piernas morenotas, sus lindos ojos, su boquita que grita “¡Destrózame lentamente!”, a sus nalgas que esconden todo lo bello del universo. Pensaba y mi cabeza descansaba en el escritorio cuando de pronto sentí la primera sacudida.

–¡Qué pinche vida de rey te das, güevón!, ¿te traigo una almohada o así estás bien?

–Perdón, jefecita es que ayer me…

–Ayer qué, pendejo. Si hasta aquí me llega el tufo de borracho ¡Échale hielitos cabrón! Te voy a regresar de donde te saqué.

–No, jefecita, ahí no.

–¡Cómo no! A ver, ¿ya hiciste lo que te pedí o quieres que lo haga yo?

–Ya estoy en eso.

–“Ya estoy en eso”. Eran para ayer, güey.

Y entró a su oficina.

Las pinches indispensables se burlaron de mí. Ándele, por pendejo, dijo una. No, manito, ahora sí que te agarraron en infraganti, la secundó la otra. Di que no estabas viendo tu serie de Luismi. Y ahí te encargo el estado financiero que te pedí la semana pasada.

Chale.

Entonces llegó la segunda sacudida. Un movimiento desastroso. El edifico crujió como si contuviera un esqueleto. Los vidrios parecían de agua. Las palmeras bailaban junto con los cables por las ventanas. La luz eléctrica se fue. Todos nos miramos. Alguien salió corriendo. ¡Tránquilos!, gritó con desesperación. Pensamos que pasaría pronto, pero cada vez era más intenso. Empezaron a salir todos en fila por las escaleras. Estamos en el séptimo piso, sería más fácil ir a la azotea, pensé pero estaba inmovilizado. Las cosas empezaron a caerse de los anaqueles y los escritorios, el techo comenzaba a desmoronar su pintura. ¡Haz algo! Me grité. ¡Apúrense! Gritó un millenial desde el pasillo. Me escondí debajo del escritorio. Estaba solo. Otra vez.

Moriré solo y entre el concreto, como Rockdrigo. Entonces sentí la mano temblorosa de Yolanda que también se había escondido bajo mi escritorio. ¡Abrázame! Suplicó mentalmente. Lo hice. Más fuerte, insistió. La apretujé. Te amo, Yolanda. Mi telepatía era certera. Yo también, respondió. Nos miramos y se acurrucó en mi pecho, con mi camisa manchada, con mi olor a guajolota verde. La sostuve de la mejilla. Me sostuvo de la mejilla. Nos acercamos. Por dentro temblábamos, algo explotaba dentro de mí, también había caos, un hermoso caos.

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