A good traveler has no fixed plans
and has not intend on arriving
Lao Tze

Viajar en camiones de segunda en México y Centroamérica, además de barato, siempre es una experiencia reveladora. Personalmente, siempre los prefiero a los camiones de lujo: el viaje es el trayecto.

 

1
Aguas locas y sillitas

Los organizadores me dicen que estamos a punto de salir, pero sigue subiendo gente como si de un 380 en hora pico se tratase. Se supone salíamos a las 10:00 de la Plaza Juárez y llevamos una hora esperando que este ruidoso ómnibus sacado de una película del Santo encienda las turbinas. Ya estamos en nuestros asientos. Pasmados, vemos cómo los organizadores suben con sillitas de esas con las que jugábamos a sentarnos con música y el que se quedara parado perdía. Aquí el juego era el revés. Primero pienso que son unos pocos pasajeros que son compas de los que organizan. Luego me percato que es parte de la organización. El que pensábamos un cómodo viaje se convierte de pronto en una sucursal del 380: el pasillo ha sido tomado por los paracaidistas con sillitas infantiles, no hay baño y las aguas locas —que venían incluidas en el paquete de 200 pesos viaje redondo— empiezan a circular entre los ocupantes.

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El garrafón de Kool-Aid con alcohol que es probable que nos deje ciegos antes de llegar a Maruata poco a poco se va acabando como si sólo le diéramos la vuelta al periférico y al final del derrotero nos esperara el desierto de Sayula, el cual cruzamos. La música de una grabadora suena con Reggae que evoca las olas y la playa a la que nos dirigimos. Conforme el garrafón se vacía, la música sube de intensidad, el ska pone a bailar en sus asientos a los grupitos de cuatro o cinco chavos que acaban de salir de la adolescencia. Las risas estallan como esquirlas en la noche, los gritos nos sacan de nuestros cabeceos y decido mirar alrededor. Los rostros festivos y jóvenes se deforman divertidos con los humos etílicos. Hacen piruetas en sus asientos; se abrazan con camaradería.

Silencio.

Como con los niños, el silencio es lo que precede a la tempestad. Sólo son las dos de la mañana y el rugido de satanás irrumpe de las grutas de un estómago anónimo. La primera guácara se eleva victoriosa sobre los jóvenes cuerpos para mancillarlos. El solo canto a Oaxaca provoca réplicas en los lugares más impensables, el olor y la náusea se esparcen por todo el autobús. La chavita buenona ahora casi vuelve las tripas afuera; el rastafari surfer que hace rato cantaba a pulmón “Todo es mentira en este mundo/ todo es mentira, la verdad” ahora entona gutural death metal; la rap gang hace clica y al unísono corean postrados en sus asientos hacia los del pasillo. Luego, las expresiones de asco del resto de nosotros: polvo eres y en guácara te convertirás. Zahira y yo luchamos por contenernos, respiramos profundo, pero es una trampa. El olor a pizza acre nos invita a regresar al ritual satánico al que nos convocan con su llamado. Aguantamos un poco más.

Lo que no sabemos es que nos quedan ocho horas por los caminos de Michoacán y pueblos que van pasando.

***
2
Transportes Rosita
La terminal de autobuses de Flores Guatemala era de los pocos lugares que tenían cajeros automáticos. Estuvimos a punto de empeñar hasta nuestro honor en el Lago de los Itzáes para llegar a Tikal. Nunca consideramos cambiar nuestros poderosísimos pesos mexicanos a dólares gabachos o quetzales en la frontera, que cruzamos por Escudo Jaguar, en el Usumacinta.

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Después de pagar al conductor de la combi que nos llevó del Petén a Flores, nos dirigimos a las taquillas de los autobuses que nos lleven a Ciudad de Guatemala. Hay camiones de primera, los vemos muy bien pero preguntamos el precio. No podemos pagarlo si queremos continuar nuestro viaje por el sur. Luego, volteamos y ahí está: “Transportes Rosita” con letras azul y una rosa que se yergue orgullosa. Preguntamos y el precio es como un tercio del transporte de primera. De repente, me he enamorado de Rosita.

Subimos las mochilas al compartimiento de equipaje, son las ocho y el itinerario pone que salimos a las ocho quince. Rosita y yo tenemos toda la noche por delante. Zahira y yo dormiremos hasta llegar a la capital guatemalteca.

O eso creemos.

No ha pasado ni una hora cuando el camión se detiene. Chirridos de los frenos, despertamos alarmados. Vemos una terminal de camiones apenas iluminada. Hay gente que sube. Aún modorros, no entendemos nada de lo que pasa, ¿nos irán a asaltar? Nada de eso, son pasajeros.

La operación se repite tantas veces que decido mantenerme en vela. No recuerdo si pasamos por diez o quince lugares donde subió gente, pero sí recuerdo los trompicones al frenar, los baches de las carreteras y nuestro cansancio que nos hacía ver el viaje desde la psicodelia de un mal ácido.

La gente que subía eran en su mayoría campesinos, algunos con machetes fajados al cinto, las mujeres se envolvían con sus rebozos para evitar el frío, los niños se acurrucaban en los regazos de las madres. Todos con el sueño nublándoles la vista y nosotros también acurrucados con nuestros pesados humores en los párpados, sin poder dormir.

A las seis de la mañana, el camión entra a un lote baldío con tejabán. Soñolientos, no sabemos si hemos llegado a la capital o a alguna ciudad perdida en los años ochenta. El chofer grita “¡Guatemala!”. Nuestras ropas sucias de viaje hacen juego con el lodo que pisamos, ha llovido y hace frío.

***
3
Oaxaca one way ticket

Nota mental: para salir en diciembre, hace falta tomar todas las precauciones, principalmente comprar boletos redondos hacia cualquier lugar.

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Regresamos de Mazunte al pueblo de San Pedro Pochutla. —¿compramos boleto de regreso?— la pregunta es retórica. Tanta era nuestra emoción por estar en las costas de Oaxaca que nos olvidamos de comprarlos.
—Chance y encontramos boletos en OCC.

Antes, hemos tardado en encontrar un taxi colectivo que nos regrese de Mazunte a Pochutla. Ya casi era de noche y nosotros estábamos en el tapanco (una palapa al uso costeño) entre calles arenosas, casas humildes y palmeras; empezamos a desesperar porque hacía una hora que estábamos ahí y los lugareños nos aseguraron que los colectivos sí salían a esa hora, pero que tuviéramos paciencia.
Un chico delgado de nariz aguileña se nos acercó y nos preguntó por el transporte. Le dijimos lo que sabíamos y seguimos esperando los tres juntos. Empezamos a platicar de cualquier cosa, nos contó que le urgía llegar a la Ciudad de Oaxaca para abordar su vuelo de regreso a Santiago.
Beatíficamente, apareció el taxi colectivo. Nos acercamos a preguntarle la tarifa. El chileno le dijo al taxista que tenía prisa, que le daría más si llegábamos antes de las 8:30. A nosotros nos cobró la tarifa normal.
El colectivo no es otra cosa que una Nissan estaquitas azul con unas tablas de madera en los contornos de la caja que hacen las veces de asientos y un toldo de puesto de tianguis. La velocidad que alcanzan esas máquinas es asombrosa.
En el camino, el chileno nos contó que era su tercera vez en México, que había venido de intercambio y estudiaba en la UNAM.
Llegamos en una hora y quince minutos.

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Lo que no sabíamos —o siempre lo hemos sabido, pero esa vez lo obviamos—, es que en navidades todo mundo viaja. Entramos a las taquillas de OCC y nos encontramos con un letrero fosforescente rayado con plumón que ponía: “Boletos a Oaxaca agotados en todas las corridas de hoy”.
Zahira y yo intercambiamos miradas de incredulidad.
Ella fue a preguntar a la ventanilla. Misma respuesta: no hay boletos hasta mañana.
—Güey, relájate, ya veremos la forma de volvernos. Vamos a buscar algo de comer—, le digo.
Salimos con las ligeras mochilas que sólo cargan lo indispensable para la playa (el resto del equipaje lo dejamos encargado en la capital de la antigua Antequera). Caminamos por la plaza con quiosco, es domingo y hay puestos de comida por doquier.
—Hay que comernos una tlayuda—, no sé de quién fue la idea, pero quizá nos hayamos leído el pensamiento.
Hay cosas buenas en la vida, y la comida de Oaxaca. Decir que una tlayuda es “la pizza mexicana” es una ofensa para quien haya comido este manjar de maíz en forma de enorme tortilla, frijol, quesillo y carnes al gusto. Las que comimos eran excepcionalmente sabrosas.
Zahira había dicho que quería una mitad: nos comimos una cada uno.
Ya más repuestos, buscamos una solución y preguntamos por otra forma de viajar a la Ciudad. Nos dicen que hay una terminal de autobuses de segunda y los camiones van para allá.
Nuestras opciones no son muchas.
Entramos a un terreno bardeado, hay un pasillo con luces blancas y sillas de sala de espera a los lados, las sillas son azules Seguro Social y al fondo está la taquilla. Hay gente, mucha gente. Hay quien espera al lado de sus atados. Las señoras que duermen a sus críos en el regazo, los jóvenes soñolientos y cabeceando. Pedimos información y nos enteramos que tendremos que esperar un par de horas más. Buscamos asientos entre la gente y las sillas azules.
Ya a bordo, el camino es como canción de Los Beatles: largo y sinuoso; pero además, las ventanas no abren. A penas damos las primeras cabezadas de sueño cuando el camión se para en medio de la sierra. Miramos hacia fuera, intrigados. La ventana no nos devuelve luz alguna, pero se abre la puerta e ingresa un montón de gente. Las señoras de atrás murmuran algo del camión que había salido antes que el nuestro. Frente a nosotros está la ballena varada con sus luces amarillas, suplicantes, agónicas: un camión que venía jugando carreritas con el nuestro entre curvas. Los primeros alcanzan lugares vacíos, los demás se agarran de donde pueden: subirán la sierra de pie en el bus toda la noche.
La escena es digna de alguna película de Ripstein. Las personas de pie cabecean, alguna pareja se recuesta sobre el hombro de su par. Los olores de los que ahí compartimos viaje empiezan a subir por el hacinamiento. Es imposible dormir.
Zahira empieza a sufrir dolores de estómago, pero no hay baño. Tendrá que esperar el resto de la noche para entrar a uno en la central de autobuses de Oaxaca.

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