Anoche se pelearon mis vecinos y tú no viniste a trabajar

Tengo unos vecinos que son bien pedos. Ambos trabajan para el Mando Único o la Judicial o la Unidad Antisecuestro. Él es tan borracho como ella, del tipo de pareja que parece se conocieron en una cantina haciendo competencias de tragos vacíos.

Ayer te vi en la calle, Myriam, y
te vi tan bella, Myriam, que
(¡Cómo te explico qué bella te vi!)
Ni tú, Myriam, te puedes ver tan bella ni
imaginar que puedas ser tan bella para mí.

Y tan bella te vi que me parece que
ninguna mujer es más bella que tú
ni ningún enamorado ve ninguna mujer
tan bella, Myriam, como yo te veo a ti (…)
Ernesto Cardenal

Tengo unos vecinos que son bien pedos. Ambos trabajan para el Mando Único o la Judicial o la Unidad Antisecuestro. Él es tan borracho como ella, del tipo de pareja que parece se conocieron en una cantina haciendo competencias de tragos vacíos. El edificio donde vivo es triste, silencioso y gris, apenas entra un poco de luz al caer la tarde, de la clase de ambientación necesaria para un suicida, un sicópata o un taxidermista. Cuando ellos llegan estoy durmiendo, pero generalmente me despiertan sus tropezones por las escaleras. Hay risas, música y botellas cayendo una y otra vez. Después comienzan los reclamos. Y en el silencio más vil se escuchan las bofetadas, los lloriqueos, los gritos y las amenazas.

Cuando cae la primera cachetada (un sonido amargo como la fragilidad en quien estalla) salto del colchón y abrazo a mi almohada. Pienso que un día vendrá ella para pedir ayuda y tendré que darla, y ser valiente, y enfrentarme a unas manazas gruesas y llenas de anillos. Sufro en silencio y procuro no hacer ruido. Soy un cobarde. He pensado en llamar a la policía, pero ellos son la policía. Así se la llevan como media hora, luego se calman y él se va azotando la puerta. Al otro día se les ve tomados de la mano camino a los caldos. Les he preguntado a otros vecinos si los han escuchado. ¿A los mariguanos? Me dicen. No, a los de arriba. No, a esos no; se ven tranquis. Chale, y yo sin dormir y con una regresión a mi niñez. Otra vez chale. Qué bueno que Yolis no vino a visitarme hoy (es mi consuelo, aunque nunca ha venido).

“Anoche se pelearon mis vecinos, otra vez. Yo le voy a ella; grita más pero llora menos que él.” 3 Cmnts, 4 Rts, 1 Fav.

Debo de buscar una nueva casa, me repito cada día cuando salgo al trabajo: “Pero con lo que gano en esa editorial no me alcanza para tragar” (ji ji). Se me fue quitando el enojo con un dibujo que le hice a una compañera en su escritorio. Luego me asomé al lugar de la Yolis y olfateé su asiento. No olía a nada. Se me hizo raro, generalmente guarda el dulce aroma de su culo de durazno. Chale.

Entonces llegó la Merlinda, doña eficiente, la que siempre entrega todo a tiempo y a la que la jefa la tiene en un pedestal. Me cachó con la cara pegada al asiento de la Yolis.

¿Qué haces, pendejo? Me dijo.

Extraño a la Yolis.

Eres un asco, le voy a decir a la jefa.

¿Viene hoy?

Eso dijo, pinche cochino.

Huevos culera.

Nos quedamos callados. Pensé en decirle del dibujo que le había hecho pero mejor le pedí dinero prestado.

Préstame quinientos manita.

Ayer pagaron.

Pero es que no junto para las tarjetas.

Me acompañó al banco. La gente la miraba. Es que está bien chichona y cuando camina rápido las chichis le rebotan. A mí no me gustan chichonas.

¿Y la Yolis?

No ha venido, el lunes llamó para decir que se iba a adelantar sus vacaciones.

De seguro me extraña.

No creo; su novio está bien bueno.

Chale, pero es un pendejo.

Tú también, y estás bien pinche feo.

Pero soy simpático.

No es cierto, eres chillón. Por eso no te quiere la Yolis.

Sí me quiere. Pero está cegada por las apariencias mediáticas.

Ves, ‘tás bien pendejo.

Luego me prestó dinero y me interné en una cantina.

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